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Kim Kardashian, con el vestido de Marilyn Monroe /INSTAGRAM

Kim Kardashian

6 min

Marilyn por un día

El parásito social más célebre de los últimos años en Occidente es, sin duda alguna, la norteamericana Kim Kardashian (Los Ángeles, 1980), epítome de lo que los anglos han bautizado como socialite (palabro que, en España, por razones que no me explico, se ha afrancesado ridículamente con un acento en la e, lo cual arroja el absurdo resultado de socialité). El principal mérito de la señora Kardashian, hija de un abogado con posibles, ya difunto, y exesposa del cantante Kanye West --Ye para los amigos, un tipo que no parece estar del todo en sus cabales--, ha sido triunfar sin saber hacer la o con un canuto. Y, si me apuran, por tener el culo muy gordo.

América le debe, eso sí, la reivindicación tan necesaria de esa parte de la anatomía femenina, tan popular y apreciada en Europa y tan ignorada y ninguneada tradicionalmente en Estados Unidos, donde cierta sexualidad pueril llevaba toda la vida poniendo los pechos en el centro del escenario y pasando olímpicamente del trasero femenino, la gran obra de arte, en mi modesta opinión, de la biología humana. De hecho, la pionera en la reivindicación de las nalgas fue Jennifer López, que no tuvo nada que hacer, la pobre, cuando el mensaje caló y los americanos, siempre dados al exceso, prefirieron el trasero monstruosamente exagerado de la señora Kardashian. Mientras ésta se abría paso con el culo, se colaban por el pasillo de la fama sus hermanas y hermanastras, su señora madre y hasta su padre adoptivo, un exatleta llamado Bruce Jenner al que un buen día le dio por cambiar de sexo y fue muy aplaudido por ello, pese a seguir pareciendo un hombre disfrazado de mujer que se autopercibe como una hembra de la especie llamada Caitlyn (le siguen gustando las mujeres y se ha convertido en una especie de lesbiana, viaje para el que, aparentemente, no hacen falta alforjas, pero vamos a dejarlo antes de que se me eche encima algún ilustre charlatrans).

A lo tonto, a lo tonto, llevamos años aguantando a Kim Kardashian y a su insufrible parentela, ya que, a diferencia de lo que ocurre en Las Vegas (que se queda en Las Vegas, como todo el mundo sabe), los delirios de esta maldita familia han llegado a todos los rincones de Occidente. Para hacer como que hace algo, Kim promociona una línea de ropa interior que no diseña o pone su nombre a perfumes que no está preparada para inventar. No se ha molestado ni en intentar una carrera como actriz (demasiado trabajo): con las fotos en pelotas (solo nos falta verla por dentro: ¡ya tarda!) va que chuta. Ella y su culo son así.

Pero la justicia poética existe y a veces se manifiesta, como hemos podido comprobar con el reciente episodio del vestido de Marilyn Monroe que Kim se puso para la inauguración del Met (equivalente artístico del festival musical de Coachella: si en éste a nadie le importa quien actúa en el escenario, en aquel se la soplan a todo el mundo las magnas obras que sirven de decorado a las celebrities emperifolladas). Aunque la historia es un poco confusa, parece que Kim, con la única ayuda de su culazo, le infligió unos destrozos al histórico vestido que lo han dejado bastante desmejorado. No estamos hablando de cualquier vestido, sino de uno de Marilyn Monroe (mujer atormentada y actriz voluntariosa que nunca llevó una vida parasitaria como la de Kim) y, concretamente, el que lució a principios de los 60 mientras le cantaba el Happy birthday to you a JFK, que en paz descanse. El vestido es propiedad de un museo que acumula chismes y memorabilia de famosos, Ripley´s Believe it or Not (Aunque no te lo creas, de Ripley, traducción aproximada), que tiene diferentes sedes (me constan las de Nueva York, Los Ángeles y Londres, pero puede que haya más) y cuyos responsables han exonerado a la señora Kardashian de cualquier daño causado al brillante trapito (aunque tras devolverlo, faltaba pedrería y uno de los tirantes daba pena verlo).

A mí me hubiese gustado más que Kim reventara el vestido por la parte del trasero, pues me habría parecido un castigo más adecuado a sus pretensiones de ser Marilyn Monroe por un día, pero ya me apaño con el tirante hecho caldo y la desaparición de algunos brillantitos. En el caso de la insoportable señora Kardashian, una pequeña humillación es mejor que nada. Sé que, superado el incidente, ella seguirá a lo suyo (que me aspen si sé qué es lo suyo), pero la venganza es un plato que se come frío y, si Dios me concede algunos años de vida más, aspiro a vivir en directo el momento en que a esta pelmaza se le empiece a caer el culo y se ponga a hacer el ridículo como Madonna, a la que tampoco soporto. Llámenme miserable, pero con algo se tiene uno que entretener.