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El presentador Jordi Hurtado / RTVE

Jordi Hurtado

5 min

El inmortal

Jordi Hurtado (Sant Feliu de Llobregat, 1957) acaba de cumplir la friolera de 25 años al frente del concurso de TVE Saber y ganar, y la casa lo ha celebrado con un pedazo de programa especial que ha sido algo así como un premio a la constancia. Un premio muy merecido, pues no hay muchas propuestas audiovisuales que se tiren tantos años en pantalla sin conocer la decadencia o el progresivo desinterés de los espectadores (aprovecho la ocasión para felicitar también al director del concurso, Sergi Schaaf, al que tuve de profesor en la Autónoma durante los tiempos, ya remotos, en que yo hacía como que estudiaba periodismo o, mejor dicho, Ciencias de la Información, que es el pomposo nombre que le pusieron al oficio cuando lo convirtieron en una carrera universitaria…O algo parecido).

Mientras los diferentes canales de televisión españoles se llenaban de reality shows y demás atrocidades en las que lo que más parecía agradecerse a sus concursante era que fuesen más brutos que un arado, que no supieran hacer la o con un canuto y que lucieran todo tipo de tatuajes y percings, Saber y ganar ha sobrevivido muy dignamente haciendo honor a los concursos de toda la vida, en los que había que saber algo para ganar algo, como el inolvidable Un millón para el mejor de finales de los años 60, cuyos protagonistas se convirtieron en héroes populares: los de mi quinta aún recordamos al alcalde de Bélmez, al bedel de los pájaros y a una señora vasca que atendía por Rosa Zumárraga Zunzunegui, cuyas hazañas comentábamos en los escolapios con admiración durante el ansiado recreo. Saber y ganar tal vez no ha creado héroes populares, pero, por lo menos, ha logrado evitar que se llenaran de dinero los bolsillos una pandilla de analfabetos tatuados, lo que no es poco en los tiempos que corren. Asimismo, el programa se ha convertido en una adicción que pasa de padres a hijos y cuyo atractivo nunca decae.

Durante esos 25 años de encomiable propagación de la cultura, Jordi Hurtado no ha fallado prácticamente nunca a su cita con el espectador. De hecho, la única vez que se puso enfermito y dejó de asomarse brevemente a la pantalla, la cosa fue noticia comentada con cierto estupor en toda la prensa. Y es que, a profesional y a pundonoroso, a Hurtado no le gana nadie. Él, por su parte, está encantado con su trabajo y se le ve dispuesto a tirarse otros 25 años más presentando Saber y ganar. Puede que se registren cambios en el equipo –pensemos en la reciente entrada de Elisenda Roca-, pero nadie concibe la sustitución de Jordi por otra persona. Desde un punto de vista personal, reconozco que no sé si felicitarle o compadecerle: tirarse veinticinco años presentando el mismo programa es un logro, pero también se parece mucho a una pena de cadena perpetua, a una interpretación ligeramente funcionarial del periodismo y a una excusa fenomenal para el aburrimiento profundo y el tedio vital. Yo habría sido incapaz de tirarme veinticinco años haciendo lo mismo cada día de mi vida, trasladándome al plató de Sant Cugat como el que acude a su trabajo en la Caixa, pero, ¡ey!, yo no soy Jordi Hurtado y Dios no me ha concedido ese don de la paciencia que a él le ha otorgado en una ración extremadamente generosa.

De hecho, lo que más le agradezco a Jordi Hurtado es que, pase lo que pase y así se hunda el mundo, él seguirá siendo de lo poco a lo que podré agarrarme para hacerme una ilusión de normalidad. Durante muchos años me pasaba lo mismo con Ramón García, hasta que dejó de presentar las campanadas de fin de año desde la Puerta del Sol y se acabó una de mis pocas certezas tranquilizadoras. Ahora ya solo tengo a Jordi Hurtado para confiar en que el mundo siga, aunque se hunda el PP y estalle la guerra en Ucrania. ¡No me falles, Jordi, te necesito!