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El actor Johnny Depp / EFE

Johnny Depp

5 min

A la greña y en directo

Menudo cirio está montando Johnny Depp con su divorcio de Amber Heard, celebrado en sede judicial y retransmitido urbi et orbi por internet para alegría de chismosos desocupados y fascinados por las desgracias de las celebrities de Hollywood. Johnny y Amber son la versión elevada a la enésima potencia de esas parejas (todos conocemos alguna) que disfrutan abroncándose y poniéndose verdes mutuamente en presencia de terceros que no saben dónde meterse cada vez que empieza la tangana. De hecho, divorciados, lo están hace un tiempo. Lo que se dirime ahora no me ha quedado muy claro, pero por el intercambio de acusaciones, parece un concurso para elegir al más canalla, despreciable e impresentable de los dos. Y no sabría decirles quién va ganando, ya que ambos son de abrigo.

A Johnny lo conocemos más. Sabemos que es un actor que oscila entre la brillantez y la letargia y que debe su éxito a unas películas de piratas que confiesa no haber visto enteras jamás. Antes del numerito del divorcio, nos caía bien porque representaba el triunfo de eso que los anglosajones definen como underdog, el sujeto especial, alternativo o diferente al que se mira por encima del hombro y que no suele salirse con la suya en la sociedad norteamericana (ni en ninguna otra). Sabíamos que le gustaba pimplar (con lo que se dejaba en vino cada mes se podía alimentar a toda la población de algún pequeño país africano) y que se fumaba los canutos uno detrás de otro. Como todos los politoxicómanos, podía tener sus malos momentos, pero ni sus ex novias ni su ex esposa, Vanessa Paradis, le guardaban rencor. Hasta que apareció en su vida Amber Heard, mujer de belleza gélida y de talento discutible que lo convirtió, ante la opinión pública, en una especie de monstruo colérico con el que era imposible convivir. Yo diría que con un divorcio discreto iban los dos que chutaban, aunque a Johnny le soplaran una parte importante de su fortuna (total, él mismo la despilfarraba en alcohol y drogas), pero no ha sido así y la pareja ha optado por despellejarse en público (a ver si no tendrán algo que ver con la caída de audiencia de los programas de telebasura de Tele 5: ¡no me extrañaría!), exponiendo toda una serie de detalles íntimos que, francamente, nos podrían haber ahorrado: el episodio que involucra a Amber ciscándose literalmente en la cama conyugal (ella dice que fue el perrito, él lo niega amparándose en el tamaño del zurullo) resulta especialmente chusco.

Pero como se dice en estos casos, Qui prodest. O sea, a quien beneficia el espectáculo deplorable que se nos está ofreciendo. O, dicho de otra manera, ¿qué pretenden sus protagonistas? Por parte de ella, yo diría que se trata de dinero más rencor (ya se las tuvo con Elon Musk y tiene una fama de tóxica que no puede con ella). Por parte de él, un intento, me temo que vano, de interrumpir su proceso de cancelación, que anda ya muy avanzado y hasta lo han echado de esas rentables películas de piratas que no ha visto en su vida, pese a que le han financiado el morapio durante muchos años. Estamos ante una versión en tiempo real de La guerra de los Rose protagonizada por dos personajes que no te ponen fácil lo de tomar partido por uno de los dos. Alguien se debe estar forrando con el culebrón, pero no son los principales involucrados, metidos hasta las cejas en una de esas discusiones pueriles sobre quien inició las hostilidades y quién es el principal responsable de la escaramuza. Ahora, si lo que pretenden es que nadie se les vuelva a acercar jamás con fines románticos, hay que reconocer que lo están haciendo de maravilla.