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La ministra de Igualdad, Irene Montero / EUROPA PRESS

Irene Montero

4 min

De aquí a Logroño

Belén Esteban ha pronunciado (frecuentemente a gritos) innumerables groserías a lo largo de su carrera como fenómeno (de feria) televisivo. De todas ellas, mi favorita es la que vociferó hace años en un programa de Telecinco (¿dónde si no?) en el que a la sazón se encontraba discutiendo (para variar) con otro friki de la casa. Para zanjar la cuestión y demostrar que a ella no se le subía nadie a la chepa, Belén concluyó: “¡Porque yo tengo un coño de aquí a Logroño!”. Classy, right?

Las referencias genitales de Belén Esteban no cayeron en saco rato, y recientemente se han trasladado al mundo de la política. Se ha podido comprobar hace unos días con la entrevista–masaje que un humorista madrileño (al que he visto alguna vez por televisión y puedo asegurarles que tiene la gracia donde la espalda pierde su bello nombre) le hizo a Irene Montero. El graciosillo en cuestión suele hacer la pelota a los representantes de la NII y no pensaba dejar pasar la ocasión de hacérsela a una de sus principales figuras. Yo no sé si tenía en mente las declaraciones vaginales de Belén Esteban, pero al hombre, puestos a ejercer de sicofante, no se le ocurrió nada mejor que decirle a la señora ministra que tenía “un coño como esta mesa de grande”. Y la Gran Feminista, que debería haberle hecho callar a bolsazos por machista y grosero, acogió la ocurrencia con el siguiente comentario: “¡Qué piropo más bonito!”.

O sea, que si tú te cruzas con una mujer que se te antoja atractiva y le llamas “guapa” eres un desgraciado, un machista de mierda, un abusador en potencia y un abyecto representante del heteropatriarcado. Pero si un pelotillero le dice a una ministra que tiene un coño que no le cabe en el estudio radiofónico en el que ambos se encuentran, dicho pelotillero se convierte en un poeta del piropo y tan reprobable costumbre deviene un admirable acto retrechero. Yo ya entiendo que cuando el marido te acaba de dejar tirada con tus tres hijos para que allá te las compongas, que en Barcelona se está muy bien y más cerca de Jaume Roures, es muy probable que necesites que te levanten un poco la autoestima. Pero no a cualquier precio. Sobre todo, si ese precio incluye aceptar cosas de las que, en teoría, abominas. Me pregunto qué le habría dicho el graciosillo progresista a Pablo Iglesias en circunstancias similares. ¿Tal vez algo como “¡Vaya par de huevos que tienes, colega!”? O igual no habría metido la pata de esa manera, ya que entonces sí que le habría caído el sambenito de machista por parte del feminismo más radical y empoderado (y con razón).

Hay gente que va muy suelta a la hora de hacerse el progre. Especialmente, entre los colectivos tradicionalmente maltratados. Sin ir más lejos, las insinuaciones homosexuales que se permite Jorge Javier Vázquez en sus programas con invitados que no saben cómo tomárselas sin quedar como unos mojigatos son un buen ejemplo de esta tendencia (si esa actitud insinuante la mantuviera Bertín Osborne con una mujer, le dirían de todo). El graciosillo de la radio se pasó de listo con Irene Montero, pero ella se pasó de tonta. Algo, por otra parte, a lo que ya nos tiene acostumbrados.