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Imagen de Greta Thunberg /EUROPA PRESS

Greta Thunberg

6 min

Salvada por la militancia

En un momento de la novela de Don de Lillo Cosmopolis, el protagonista, que atraviesa Nueva York en coche con chófer por motivos que no hace falta explicar aquí, se ve atrapado en un atasco provocado por los manifestantes que protestan por una cumbre política que se está celebrando en la ciudad y llega a una conclusión desoladora: protestantes y protestados forman parte de la misma performance inútil que, en el fondo, no lleva a ninguna parte y solo sirve para que los medios de comunicación tengan algo que contar y para que manifestantes y políticos se hagan la ilusión de que son relevantes.

Pensé en las páginas de Cosmopolis (y en las imágenes de su adaptación cinematográfica, a cargo de David Cronenberg) mientras veía estos días por la tele las noticias que llegaban de Glasgow, donde se estaba celebrando (creo que aún siguen) una supuesta cumbre mundial para abordar convenientemente el cambio climático (aunque rusos y chinos, dos de los principales productores de toxicidad ambiental, no se presentaron y el presidente del otro gran emisor de porquerías, Joe Biden, se quedó momentáneamente frito en plena reunión de amos del universo). Mientras los grandes mandatarios hacían como que se tomaban muy en serio la cuestión que los había reunido, los activistas ambientales también interpretaban su papel a la perfección. Intuyo que la cumbre acabará con buenas palabras y vagos compromisos y que los manifestantes quedarán para verse en la próxima cumbre y aquí paz y después gloria, pero Greta Thunberg (Estocolmo, 2003) habrá recibido uno de esos chutes de adrenalina medioambiental que tan bien le sientan y que tanto contribuyeron, cuando era pequeña, a sacarla de la atroz depresión en la que había caído. Incluso habrá visto con agrado que ha hecho escuela: yo vi por la tele a dos niñas de 11 y 9 años hacer unas declaraciones de una solemnidad impropia de su edad.

Por regla general, la izquierda es pro Greta y la derecha no pierde oportunidad de reírse de ella y recomendarle que se ponga a estudiar algo y deje de dar la chapa por el mundo. Yo, en lo que respecta a Greta, estoy entre Pinto y Valdemoro. Creo que defiende una buena causa, pero que lo hace con una vehemencia y una tendencia a sermonear que me irritan ligeramente. Evidentemente, mejor que se dedique a eso que a elogiar a la Asociación Nacional del Rifle, pero hay algo que me chirría en la muchacha. Como la izquierda, la apoyo moralmente; como la derecha, pienso que debería estar en la universidad, pues, aunque no crezca mucho, ya tiene dieciocho años.

El padre de la criatura, Svante, de profesión actor, ha dicho que él nunca se había preocupado mucho por el futuro del planeta, pero que, gracias al activismo, su hija había superado la depresión y que con ello ya le bastaba. Poco se sabe de la madre, Malena, aparte de que es cantante y representó a Suecia en el festival de Eurovisión de 2009 y que tiene otra hija con problemas mentales (recordemos que Greta sufre el síndrome de Asperger, como la inspectora de la serie El puente, la simpar Saga Noren). En cualquier caso, Greta cada día los necesitará menos. Y ellos siempre le agradecerán al activismo medioambiental que sacara a su hija del pozo, aunque la convirtiera en una fanática (también las buenas causas reclutan fanáticos) y en una especie de Pepito Grillo empeñado en salvar al planeta de sí mismo.

Cada vez que la veo por televisión pienso que esa chica debería pensar un poco más en sí misma y un poco menos en el futuro de la Tierra, pero me temo que es incapaz de separar una cosa de otra. Increpar a los políticos porque no hacen lo que tienen que hacer se parece mucho a ladrar a la luna. Y convertirse en la voz de la conciencia de la humanidad que camina velozmente hacia el desastre tiene que acabar resultando agotador. Yo no veo en Greta ni a la heroína de la izquierda ni a la cría pesada de la derecha. Básicamente, le encuentro un punto trágico y no sé qué será de ella en los años por venir. De momento, va aguantando con esas performances que entristecían al protagonista de Cosmopolis, pero la vida profesional del activista suele ser tan breve como la del futbolista. La gente quiere novedades que le lleguen a través de los medios de comunicación y a la pobre Greta ya empiezan a tenerla muy vista (que vayan calentando en el banquillo las niñas de 11 y 9 años ya citadas). Puede que no haya un planeta B, como dicen los manifestantes contra el cambio climático, pero Greta debería tener un plan B para sí misma.