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El ilustrador Francesc Capdevila 'Max' / PROYECTO ATALAYA

Francesc Capdevila 'Max'

4 min

Premio a la constancia

La librería barcelonesa Finestres otorgó hace unos días su primer premio a un proyecto de cómic a Francesc Capdevila (Barcelona, 1956), Max para los amigos y para los lectores de su ya ingente obra. La librería de Sergi Ferrer Salat se encargará también de editar Què el año que viene (hace poco que ha empezado a publicar comics en catalán) y, mientras tanto, nuestro hombre disfrutará de un adelanto razonable, los 25.000 euros del premio, muy alejados de las miserias que suelen recibirse en ese mundo cuando no hay galardones de por medio. En este caso, el premio a Max puede considerarse un reconocimiento merecido y también un premio a la constancia, pues pocos dibujantes de mi generación (nacimos el mismo año) han demostrado una entrega a la causa a la altura de la suya. Sin quejarse ni lloriquear, Max ha trabajado ininterrumpidamente en lo suyo desde que le conozco e incluso antes, cuando empezó a dejarse ver por las páginas del Matarratos que nuestro difunto amigo Tom había convertido en el primer tebeo alternativo que podía encontrarse en los quioscos españoles (en esa época estaba muy influenciado por el underground americano en general y Robert Crumb en particular: al igual que a nuestro común amigo Miguel Gallardo, recientemente fallecido, le llevó unos pocos años encontrar su propia voz).

Max fue uno de los puntales de El Víbora durante los años 80 y 90, aunque tampoco le hizo ascos a la llamada línea clara al colaborar en proyectos propulsados por el editor Joan Navarro. A medias con el mallorquín Pere Joan, creó la revista NSLM (Nosotros Somos Los Muertos) desde el pueblo balear en el que, si no me equivoco, sigue viviendo ahora. Fue en ese pueblo de Mallorca (o puede que en uno anterior o posterior, lamento la vaguedad de mis recuerdos) donde se le rebautizó como Es senyor de sa finestreta (El señor de la ventanita) porque dibujaba frente a un ventanuco que lo convertía en un primer plano de un personaje de comic para cualquiera que pasara por la calle y levantara un poco la vista. A Max se le acabó El Víbora y Cairo y el NSLM, pero eso no le impidió seguir dibujando a diario con una voluntad y una entrega que siempre me han llevado a considerarlo un genuino creyente de los tebeos. No creo conocer a nadie que se haya chupado más salones del comic nacionales e internacionales, siempre dispuesto a darse a conocer y a conocer gente nueva, siempre preparado para responder a los entrevistadores que el tebeo era un medio de comunicación fabuloso, superior al cine en algunos casos, por el que valía la pena seguir luchando.

Puede que mucha gente, digamos, normal solo lo conozca por la tira semanal que dibuja para El País, pero el hombre ha tocado todos los palos posibles, incluyendo una aproximación al Bosco en forma de álbum que fabricó para el Museo del Prado. Del underground al Prado hay un largo camino que este hombre ha recorrido con decisión y sin desinflarse. Podría haber abandonado los tebeos en beneficio de la ilustración, que sale un poco más a cuenta (aunque tampoco mucho), pero siempre se ha mantenido en sus trece para alegría de sus amigos y seguidores. No puedo alegrarme más de que le hayan caído 25.000 euros. Creo que es la mejor inversión que ha podido hacer el señor Ferrer Salat en los últimos años.