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El príncipe Felipe, duque de Edimburgo
Examen a los protagonistas de la semana

Felipe de Edimburgo

4 min

La frikada

Las redes sociales van llenas de chistes y memes sobre la supuesta inmortalidad de Keith Richards (mi favorito: “¿No deberíamos pararnos a pensar un poquito en el mundo que le vamos a dejar a Keith Richards?”), pero tengo la impresión de que hay gente que los merece más. Sin movernos de Inglaterra, fijémonos en los Windsor. La reina Isabel tiene 94 años y su marido, Felipe de Edimburgo, ha cumplido esta semana 99. ¡Y da gusto verlos! ¡Pero si están hechos unos potros! Ni siquiera han pillado el coronavirus, mientras sí se contagiaba su primogénito, el flojeras de Charlie, que no va a llegar a rey en la vida, se ponga como se ponga, o, en todo caso, lo hará a una edad perfecta para la abdicación inmediata (de ahí ese semblante melancólico que se acentúa día a día, unido a la evidencia de que el pueblo no ve con buenos ojos a la parienta con la coronita de Lady Di).

De la reina Isabel se sabe, más o menos, lo que ha hecho: representar la estabilidad de Gran Bretaña, lucir la corona con aplomo, soltar algún discursito bienintencionado en momentos de quebranto nacional, veranear en Balmoral, repartir condecoraciones entre compatriotas ilustres… En fin, lo que suele hacer cualquier monarca. Pero de su marido y consorte solo se sabe que se ha dedicado a beber, a ejercer de faldero como si fuese un borbón y a meter la pata en cuanta ocasión se le ha presentado, preferiblemente en foros internacionales en los que la cagada de turno podía tener más repercusión.

Lo último que supimos de él es que se empeñaba en conducir y un día se llevó por delante a una pobre señora que iba en bicicleta y se rompió un brazo, antes de empotrarse contra un matorral. La lista de meteduras de pata superaría con creces la extensión de este artículo, pero las mejores siempre han tenido lugar en países del tercer mundo y excolonias británicas, donde nuestro hombre se permitía bromear sobre el uso de la cerbatana, las tetas al aire de las nativas o cualquier tema susceptible de levantar justificadas sospechas de colonialismo, racismo o machismo. Aunque era el único en celebrar de manera estentórea sus peculiares muestras de ingenio, el bueno de Felipe jamás se daba cuenta de que acababa de meter la gamba y de que estaba al borde de un incidente internacional. Así de campechano es el hombre, mucho más que nuestro rey emérito.

La longevidad de este simpático inútil es un misterio, pero puede que haya llegado a los 99 años gracias a no dar un palo al agua y al interés que despertaban sus performances diplomáticas: Felipe de Edimburgo se debía a su público, del cual, lo reconozco, yo mismo formaba parte. Como esas tortugas que viven 150 años y nadie entiende por qué ni para qué, el consorte real sigue sin pasar desapercibido, aunque ya no le dejen atropellar ciclistas. Espero con ansia sus fotos de este verano en Balmoral: la verdad es que el kilt le sienta mucho mejor que al cenizo del eterno heredero de su mujer.