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El presidente Donald Trump, en una imagen de archivo / EUROPA PRESS

Donald Trump

4 min

Y ahora, a los juzgados

Al igual que su amigote israelí Benjamín Netanyahu, Donald Trump tenía serios motivos para aferrarse al aforamiento presidencial, pues, en cuanto lo perdiera, la justicia de su país se iba a interesar por sus múltiples trapisondas. Evidentemente, nadie se creía que era lo único que separaba a los Estados Unidos del comunismo porque lo más parecido que tienen allí a un comunista es ese señor de la mascarilla y las manoplas que se acaba de convertir en carne de meme tras años de porfía por la imposibilidad manifiesta de llegar a presidente. Una vez desalojado de la Casa Blanca, The Donald ya puede recibir todas esas citaciones judiciales que deben llevar años redactadas (yo incluiría como agravante todos esos edificios horrorosos, negros y dorados que ha ido diseminando cual zurullos por su ciudad natal, Nueva York).

Fiel a sí mismo, Trump no se ha dejado echar fácilmente. Primero, se inventó un tongo electoral. Luego, alentó a las masas para que ocuparan el Capitolio. Y ni para despedirse del cargo ha dejado de comportarse como un patán, pues ni siquiera ha tenido el detalle y la deportividad de presentarse a la toma de posesión del bueno de Robinette. El hombre se ha ido dando un portazo y amenazando con que lo suyo no ha hecho más que empezar, pues confía en que la chusma del Capitolio y los millones de compatriotas que votaron por él no se olviden de su gran contribución a la patria, que es convertirla en eso que los gringos, en afortunado neologismo, han bautizado como clusterfuck. Y tampoco va a ser tan fácil deshacer todos los entuertos que ha creado durante su lamentable Administración, ni en el país en general ni en el Partido Republicano en particular, donde van a necesitar Dios y ayuda para quitarse de encima el baldón de haber tomado partido por semejante mentecato malévolo. Urge el éxito del segundo impeachment para impedirle, como era su intención declarada, presentarse a las elecciones de 2024.

El hombre, mientras tanto, se ha retirado a Mar-a-Lago a jugar al golf, a ver crecer a su hijo menor, ese chaval lógicamente reconcentrado que atiende por Barron, y a seguir encajando con estoicismo que la parienta no le toque ni con un palo (eso, si no le pide el divorcio: no todas las exprimeras damas son tan leales como Carla Bruni). Evidentemente, está convencido de haber rendido grandes servicios a su país y debe lamentar enormemente la ingratitud de sus conciudadanos. Agradecidos solo pueden mostrarse los indultados por él, como el rapero Lil Wayne o su exsecuaz Steve Bannon, pillado no hace mucho metiéndose en el bolsillo el dinero de la gente que creía contribuir a levantar el muro con México. No sé qué harán sus leales para salvaguardar su legado, pero lo más probable es que deban consolarse comprando más armas y más cerveza para aguantar la aburrida vida del trailer park. A rey muerto, rey puesto. Personalmente, me gustaría ver a Trump en el trullo, pero también me conformaría si lo ponen al frente de un nuevo reality show.