Menú Buscar
Pásate al modo ahorro
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua / EFE
Examen a los protagonistas de la semana

Daniel Ortega

5 min

Cómo ciscarse en Sandino

Hace unos días salió por la tele (la tenía sin sonido) una señora mayor cuyo aspecto de vieja gloria del cine mudo especializada en películas de terror me llamó considerablemente la atención. Cuando activé el sonido me enteré de que se trataba de la todopoderosa Rosario Murillo, la Imelda Marcos de Nicaragua, la esposa del presidente de la nación, ese revolucionario reciclado en sanguinario dictador que atiende por Daniel Ortega y que hoy tiene el cuajo de celebrar unas elecciones en las que no hay opositores al régimen porque él mismo se ha encargado de meterlos a todos en el trullo. Confieso que no sabía la pinta que tenía la señora Murillo, pero su presencia me impactó, pues es como una mezcla de anoréxica de la tercera edad y cadáver mal enterrado. Su discurso me fascinó por delirante: mezclaba a Dios con la patria y con la revolución y con los enemigos de Nicaragua y se quedaba tan ancha, todo ello mientras todos los músculos del rostro se le disparaban en direcciones contrapuestas. Parecía, directamente, una loca. Y creo que en ese momento entendí a la perfección el proceso de insania progresiva en el que se hallan inmersos ella y su marido: aquella mujer se creía todas y cada una de las burradas que salían de sus marchitos labios.

Como todos sabemos, hay parejas en las que cada miembro fomenta y agranda lo peor del otro. Yo diría que el tándem Ortega – Sandino es una de esas parejas. Sin su Rosario, Daniel solo sería un miserable más de una larga lista de gente que ha empezado bien en la vida y luego ha ido degenerando hasta convertirse en una nueva versión de lo que más odiaba de joven. Respaldado por la arpía, el miserable se siente, además de acompañado, convencido de que todo lo que hace es por el bien de su pueblo, al que va a salvar de sí mismo se ponga como se ponga. Fidel Castro se adelantó a Ortega en su siniestra mutación dictatorial, pero, a falta de su Imelda particular, se tuvo que conformar con su hermano Raúl. Ortega, por el contrario, tiene la socia ideal para llevar adelante su misión en la vida, que es perpetuarse en el poder mientras va quitando de en medio a todo el que le molesta. En ese sentido, los Ortega están más cerca de los Ceaucescu que otros dictadores sudamericanos.

Que un país esté en manos de un tipo que se ha traicionado a sí mismo y a sus compañeros de lucha y de una señora que está como un cencerro y tiene una mala uva considerable es una tragedia que, de momento, no parece preocupar mucho a nuestros amos del universo, que deben seguir en Glasgow haciendo como que van a detener el cambio climático. Y no parece que los Ortega tengan mucho de lo que preocuparse. Es de primero de dictador saber que, si solo jorobas a tus compatriotas y no te metes en líos extra fronterizos, la comunidad internacional te dejará en paz (Franco lo tuvo muy claro y le fue la mar de bien; Sadam Hussein hizo de su capa un sayo invadiendo Kuwait y acabó como acabó). Los Ceaucescu de Managua han aprendido muy bien su lección y tienen toda la pinta de acabar muriendo apaciblemente en el lecho. Es muy triste vivir en un sitio del que solo puedes salir corriendo antes de que te encarcelen, pero seguro que a ellos les parece el paraíso en la tierra.