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Chris Martin, vocalista de Coldplay / EP

Coldplay

5 min

Dado el estado depauperado en que se encuentra el rock (o lo que queda de él), que un grupo actual consiga vender la friolera de 200.000 entradas para una serie de conciertos en Barcelona es algo digno de quitarse el sombrero. Lo acaba de conseguir la banda británica Coldplay, comandada por Chris Martin, y resulta especialmente notable en unos tiempos en que el pop se la sopla a casi todo el mundo porque lo que molan son las divas y el reguetón. Dicho lo cual, y como lo cortés no quita lo valiente, añadiré que Coldplay siempre me ha parecido un grupo que dejaba mucho que desear. Sus baladas supuestamente enternecedoras me han parecido siempre unos ejercicios de cursilería sonora francamente reprobables. Y sus temas lírico-épicos, un remedo de los de otro grupo que tampoco soporto y por los mismos motivos, U2, la asociación músico-humanitaria al frente de la cual se sitúa un irlandés llamado Paul Hewson y auto apodado Bono. O sea, que está muy bien que haya 200.000 personas en mi ciudad dispuestas a dejarse los cuartos por un grupo de rock, pero, ¿tiene que tratarse de Coldplay? Me temo que sí.

 La banda del señor Martin empezó con discreción y con algunas canciones que no estaban mal (pienso en Yellow). Parecían una banda para lugares de pequeño formato, dada la aparente falta de farfolla sonora de sus temas, pero, poco a poco, fueron perdiendo la poca gracia que pudieran tener, incrementaron su ampulosidad hasta extremos muy molestos y acabaron convertidos en una banda para grandes estadios (en Barcelona llenarán el Palau Sant Jordi cuatro o cinco días, he perdido la cuenta). Lentamente, se fueron pareciendo cada vez más a U2 y dirigiéndose al mismo tipo de público, gente, me temo, que no llegó a tiempo de ver a David Bowie ni a Roxy Music, que se rindió rápidamente a la pretenciosidad del padre Bono y que encontró en ellos la lógica continuación al grupo del meapilas irlandés que salva el planeta en sus ratos libres, sin olvidarse de evadir impuestos en su propio país, donde parece que nadie pasa penurias desde los tiempos de la hambruna de la patata.

Fue así cómo, desde mi punto de vista (que me disculpen los fans de Coldplay), un grupo tirando a tranquilo e intimista se fue convirtiendo en una atracción para grandes recintos, fue perdiendo la (escasa) inocencia original y acabó mutando en una máquina de ganar dinero con una propuesta cada día más bombástica y vacía. En cuanto a máquina de ganar dinero, eso sí, no se les puede poner ni un pero: las 200.000 entradas vendidas para los conciertos en Barcelona lo atestiguan. Como sustitutos de los viejos llena pistas del pasado sí se les pueden poner todos los peros habidos y por haber, pues han basado su éxito en chupar rueda de los de Bono e ir incrementando paulatinamente sus dosis de grandiosidad hasta convertirlos en una parodia involuntaria de antiguos grupos que sí sabían convocar a las masas con fundamento. Si algo les diferencia de sus maestros es que pueden pasar un poco más inadvertidos y que, escuchados al azar, no siempre se los reconoce a la primera. Lo suyo se me antoja el premio a la impostura, pero tendré que conformarme con lo que hay (mientras me mantengo a una prudente distancia). En esto ha quedado convertida la música que me alegró la juventud: en un estruendo lírico-épico de una banalidad desoladora. Sobre su habilidad para ganar dinero, nada que decir.