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Clara Ponsatí, eurodiputada de Junts huida de la justicia / EP

Clara Ponsatí

6 min

La dulce abuelita

Hace unas tardes entré en la Casa del Libro de la Rambla de Catalunya a ver cómo habían colocado mi nuevo esfuerzo literario, Barcelona fantasma, y me llevé una sorpresa que a día de hoy sigo sin saber cómo calificar, más allá de como una serendipia de dudoso gusto, aunque innegables efectos cómicos: puesto en un atril, mi libro compartía el espacio con el que acaba de publicar Clara Ponsatí, Molts i ningú (intuyo que consiste en una serie de jeremiadas sobre el prusés, pero no pienso comprobarlo). Bajando la vista, observé que ambos libros seguían juntitos en la pila de novedades. Como no podía ser de otro modo, me abalancé a sacar una foto del inesperado hermanamiento entre la vieja bruja separatista y un servidor de ustedes para poder colgarla en las redes sociales y compartir mi extraño alborozo. Yo diría que en la Casa del Libro hay un dependiente en cuyo interior anida un humorista pugnando por salir.

Como la humanidad tiene cierta tendencia a olvidarse de Clara Ponsatí (y ella se debe de aburrir como una seta en el Parlamento Europeo y aguantando a Valtònyc), la yaya del prusés (vale, soy un año mayor que ella, ¡pero me conservo mejor!) tiene que hacer y decir cosas con cierta frecuencia para seguir en el candelero. Ahora le ha dado por escribir un libro (manía muy extendida entre los procesistas, tanto los del talego como los del supuesto exilio), y para promocionarlo ha efectuado unas declaraciones delirantes sobre lo malos que son los españoles en general y el Estado español en particular, al que la dulce abuelita considera capaz de lanzarse a matar catalanes en cualquier momento, como si hablara de los rusos. Pasa el tiempo, pero la yaya malévola sigue cargada de rencor y de inquina hacia quienes reprimieron sus justos deseos de independencia para el terruño, que nadie sabe muy bien cuándo empezaron.

Puestos a sugerir una fecha de posible recrudecimiento de su independentismo, yo sugeriría el año 2013, que es cuando España le quitó el chollo del que disfrutaba en la universidad norteamericana de Georgetown, donde ocupaba una cátedra Príncipe de Asturias. ¿Motivos del cese? Hablar con delectación de la independencia de Cataluña, obviando que le debía en aquellos momentos su vida profesional al Reino de España. Es decir, que se quedó sin cargo por dedicarse a morder la mano que la alimentaba, algo que siempre ha sido del género tonto. A partir de ahí, se hizo indepe de manera definitiva y acabó dándose a la fuga como Puigdemont, aunque haciendo un largo alto en Escocia antes de pillar un escaño en el Parlamento Europeo en Bruselas.

Además de señalar las (supuestas) intenciones asesinas del perverso Estado español, la señora Ponsatí (el acento en la i es añadido, supongo que para que su apellido suene más catalán) se ha quejado de lo poco en serio que nos tomamos los catalanes, empezando por los políticos a los que ella frecuenta, el asunto de la independencia. Según ella, hay que ir a por todas y no temer el derramamiento de sangre: si tiene que haber muertos por la liberación de la patria, que los haya. Eso sí, que no cuenten con ella para elevar la cuota de fiambres patrióticos, pues ella llama a la violencia desde el confort que le ofrecen Flandes, la Casa de la República y el Parlamento Europeo. ¿Dar la vida por Cataluña? ¡Por supuesto! Pero la de los demás.

La dulce abuelita tiene muy mala baba. Y no se puede descartar del todo que se le haya ido un poco la olla desde que está lejos de su tierra natal. Pero no sé yo si promocionar un libro promoviendo la lucha armada es algo que muestre la más mínima dignidad personal. Sobre todo, cuando se llama a la acción de manera tan segura como cobarde. De todos modos, como soy un tipo tolerante, me ofrezco a hacer una presentación conjunta de nuestros respectivos libros, aunque ella tenga que aparecer vía Zoom para evitar que la detengan y la envíen a donde realmente pertenece, que es el trullo. O, en el mejor de los casos y tras los convenientes informes médicos, a una institución psiquiátrica, un lugar que también le vendría divinamente a Puchi cuando le quiten el euro escaño por sus tejemanejes con la Rusia de Putin.