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Charlie Watts / WIKIMEDIA
Examen a los protagonistas de la semana

Charlie Watts

5 min

Un hombre de orden

Siempre he admirado profundamente la profesionalidad y el estoicismo del batería de los Rolling Stones, Charlie Watts (Kingsbury, 1941). A sus ochenta años, el hombre estaba dispuesto a sumarse en septiembre a la gira norteamericana del grupo, pero un dolorcillo inesperado lo llevó a visitar un hospital, le echaron un vistazo, se lo quedaron y un día de éstos lo operan no sé muy bien de qué, así que va a tener que ser sustituido por un buen amigo de los Stones, el siempre eficaz Steve Jordan. Evidentemente, sus amigotes Jagger y Richards le han deseado una pronta recuperación y le han hecho saber que cuentan con él para la siguiente tournée... Lo cual no sé hasta qué punto es una buena noticia para el voluntarioso Charlie. Yo diría (aunque puedo equivocarme) que está hasta las narices de recorrer el mundo tocando el bombo y que, si de él dependiera, se quedaría en casa con la parienta, Shirley (lleva casado con ella desde 1964 y nunca se le ha pasado por la cabeza divorciarse), y recibiendo las esporádicas visitas de su única hija, Seraphina. Aunque también es verdad que el señor Watts nunca ha compuesto nada para los Stones y, por consiguiente, no ve un duro de esos royalties que han hecho ricos a Jagger y Richards: me temo que eso le obliga a retrasar la jubilación y seguir tocando por los siglos de los siglos, pues vive del directo y de lo que le cae de los discos.

Doy por sentado que Charlie quiso mucho al rock & roll en su juventud, pero hace ya tiempo que prefiere interpretar a la batería (y, a ser posible, con escobillas) temas de Thelonius Monk y otros genios del jazz. Dudo mucho que disfrute del ruido que hacen sus compañeros de grupo y tengo la impresión de que hace años que se toma su trabajo de una manera un tanto funcionarial, como el empleado de la Caixa que acude cada mañana a la oficina, pero sin posibilidad de jubilación. Si hay que reventar en el escenario, se revienta. Que es lo que le habría podido pasar a partir de septiembre si no llega a acercarse por el hospital a ver qué le encontraban.

Charlie Watts se ha mantenido siempre a salvo de los problemas del rock & roll. Mientras los crápulas de Jagger y Richards se drogaban y fornicaban sin tasa –como acaba de decir el gran Keith, "lo curioso del sexo a mi edad es que nunca sabes si vas a tener un orgasmo o un infarto"-, el estoico Charlie no pasaba de unas cervecitas de vez en cuando y se mantenía fiel a su esposa. Ni un escándalo a lo largo de toda su carrera. Ni una detención. Ni una adicción funesta. Un buen día tomó conciencia de que le había tocado en esta vida ser el batería eterno de los Rolling Stones y se lo tomó con una tranquilidad y un sentido del deber admirables. Nada que ver con el bajista Bill Wyman, ese flojo, que un día dijo que ya no podía aguantar más a Jagger y Richards y que se iba a su casa. Charlie es seguro, fiable, fatalista y estoico. Nunca se le ocurrirá abandonar a sus compadres, como nunca se le ha ocurrido divorciarse o engancharse a la heroína.

A estas alturas del curso, cualquiera estaría hasta las narices de tocar cada noche las mismas canciones: cincuenta años sosteniendo que no encuentras la satisfacción empieza a parecer un sarcasmo de mal gusto. Pero Mick y Keith se lo siguen pasando pipa en el escenario: el uno pegando saltos impropios de un hombre de su edad y el otro, en un rincón, tocando la guitarra sin matarse y con un Marlboro colgando de la comisura. Nadie sabe qué placer extrae el señor Watts de seguir en su circo particular, pero se agradece su pundonor y su sentido del deber, propios del hombre de orden que siempre ha sido.