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Àngels Ponsa, consejera de Cultura de Cataluña / EUROPA PRESS
Examen a los protagonistas de la semana

Àngels Ponsa

4 min

Sobre el respeto a la intimidad lingüística

Ya sabemos que, para que te den en un cargo en el gobiernillo de Torra, basta con exhibir tu adhesión inquebrantable al régimen. Así es como hemos disfrutado de consejeros tan brillantes como Miquel Buch, Chakir el Homrani o Alba Vergés y vamos a seguir deleitándonos con nuevos fichajes como Ramon Tremosa o Àngels Ponsa. Pero nunca está de más sobreactuar un poco nada más acceder al cargo, y en ese sentido hay que reconocerle a la señora Ponsa (Artesa de Segre, 1960) que ha entrado en el gobiernillo por la puerta grande, dando una muestra de magnanimidad lingüística sin precedentes. Si a su antecesora, Mariàngela Vilallonga, alias Barbie, le rechinaba el uso del castellano en el Parlament y hasta en TV3, a la señora Ponsa tampoco es que le haga mucha gracia la lengua del invasor, pero está dispuesta a tolerar que se hable en la intimidad de los hogares catalanes. Asegura que va a batallar lo que haga falta para que nos convirtamos en una sociedad monolingüe (buena suerte, señora, le va a hacer falta), pero a cambio se muestra tolerante con aquellos que, en su casa y, a ser posible, a un volumen discreto, se empeñen en hablar en español.

De lo que se trata, al parecer, es de hacer creer al mundo que el catalán es la única lengua propia del paisito y que solo cuatro excéntricos insisten en utilizar el castellano. La realidad es otra (más de la mitad de la población de Cataluña tiene el castellano como lengua materna y de uso habitual), pero, ¿cuándo les ha preocupado a los lazis la realidad? Mejor tomar partido por las apariencias, que son mucho más fáciles de manejar. Ya lo hizo el franquismo cuando colgaba por las calles de la Barcelona de la posguerra aquellos ridículos carteles que rezaban Catalán, sé español, habla el idioma del imperio. Con muy buen criterio, el destinatario medio de esos carteles se pasaba el mensaje por el arco de triunfo y seguía comunicándose en catalán con su familia y sus amigos y conocidos. Que es exactamente lo mismo que va a suceder con los esfuerzos de la señora Ponsa por relegar el castellano a las cocinas, comedores y salones de los hogares catalanes. Ni Franco pudo acabar con el catalán ni la sustituta de Barbie podrá acabar con el castellano. Como dijo el torero, lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Puede que lo haya dicho para ganar puntos ante Torra, pero hasta en eso pierde el tiempo: al presidente suplente (y próximamente simbólico, si las chicas con barba de la CUP se salen con la suya) le quedan dos Telenoticies en el cargo y lo más probable es que a ella también, pues las demoradas elecciones acabarán llegando y la barrerán junto al cenizo de Tremosa y demás secuaces de nuestro inhabilitado de referencia. Las declaraciones rimbombantes sobre el destierro de la lengua española al ámbito doméstico quedarán, pues, como una muestra palmaria de sobreactuación inútil y de la usual tendencia lazi al wishful thinking o confusión interesada de los propios deseos con la realidad. Y la iluminada volverá al funcionariado seudocultural (el régimen cuida de los suyos) y aquí paz y después gloria y todo el mundo seguirá hablando en el idioma que le salga del níspero.