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La actriz Ágata Lys / EP

Ágata Lys

6 min

Cuando rodé mi única película hasta la fecha, Haz conmigo lo que quieras (2004), llamé a Marisa Paredes para que interpretara el papel de madre de la protagonista, Ingrid Rubio. Marisa se me quitó de encima rápidamente, pero con suma elegancia. Alguien me propuso a Ágata Lys, que para mí era un sex symbol de la Transición a la que había visto en bolas en Interviu, Lib y algunas pelis cutres, y al principio pensé que no procedía. Luego me lo pensé mejor, la llamé, aceptó, lo hizo muy bien y hasta le cogí cariño: era una mujer muy agradable con ganas de demostrar que como actriz iba bastante más allá de los papeles que le habían caído de joven y, aunque a veces iba demasiado a su bola, la verdad es que cumplió con su cometido a la perfección. No negaré que tenía sus rarezas, unos prontos a lo Norma Desmond que podían ser irritantes, pero que acababan resultando entrañables. Se resistía a que los de maquillaje y peluquería se encargaran de ella, lo cual podía traer algún problema: un día en el que tenía que rodar un flashback en el que el animal de su marido la molía a palos, apareció vestida y maquillada (por sí misma) como para ir a una fiesta en el casino de Torrelodones. “Será mejor que hables con ella, que a mí no me hace caso”, me susurró Fernando, mi ayudante. Y para el camerino que me fui para hacerla entrar en razón. Lo conseguí sin mucho esfuerzo y enseguida mutó en el ama de casa maltratada que decía el guion, aunque a día de hoy sigo sin entender qué le dio de repente para agenciarse aquel look tan intempestivo. Tras la campaña de promoción y un par de festivales, no volví a verla. Y ahora me entero de que falleció a mediados de noviembre, pero que, por causas no especificadas, no se ha sabido hasta prácticamente Navidad.

Desde 2007, Ágata (o Margarita García Sansegundo) vivía retirada en Andalucía junto a su marido, que falleció hace unos pocos años. Hay quien dice que sufría una enfermedad. Según otras fuentes, arrastraba una depresión desde su viudedad. Tenía tres años más que yo y, por la cuenta que me trae, considero que no tenía edad para morirse. A la hora de despedirla, la prensa lo ha hecho arrastrando un poco los pies y, en algunos casos, insinuando que era una actriz muy floja. Doy fe de que no era una mala actriz. Sus comienzos, simplemente, se lo pusieron muy difícil para ser tomada en serio, y casi todo el mundo se ha quedado con la imagen de la rubia de bote que estaba como un tren y que no supo dónde meterse cuando languideció el cine del destape. Yo diría que la Ágata joven, recién llegada de Valladolid, se limitó a seguir ese consejo según el cual, si la vida te da limones, haz limonada. La profesión la envió al purgatorio durante un montón de años y yo la pillé cuando ya lo habían hecho cineastas de verdad como Carlos Saura. Nunca lo lamenté. Tenía un punto excéntrico, sin duda, y a veces se daba unos aires de grandeza que basculaban entre lo ridículo y lo entrañable, pero siempre se sabía sus líneas, nunca te hacía esperar y solía darte lo que esperabas de ella, si no a la primera, sí a la segunda. Por las conversaciones que mantuvimos durante el rodaje y la promoción, deduzco que hubiese preferido tener otra carrera, y que cuando empezaba a tenerla, ya estaba un poco cansada de todo el asunto. Así me explico su retiro, entre el de Marisol y el de Greta Garbo. Espero que haya sido feliz en ese club náutico en el que vivía y en el que, según ella, era como tener los barcos en el salón de casa. “Pues qué incómodo, ¿no?”, le espetó en su momento Josep Massagué, que se encargaba del vestuario. Y todos nos reímos en el set. Incluida Ágata.