Crónicas Trumpistas – Trumpnomics, Año 1 (Primera Parte)

Análisis de la reforma fiscal de Trump en los Estados Unidos

El proteccionismo de Trump, ¿una nueva tendencia mundial?

Hace meses que no escribo en esta casa sobre el personaje que me animó a colaborar en ella, y debo decir que es por culpa de un cierto hartazgo. La desmesura de Donald Trump y su parafernalia, la sobreabundancia de información y desinformación, la oleada de pasiones y ruido global que arrastra consigo acaban agotando a cualquiera que trate de hacer un análisis lo más desasosegado e imparcial posible. Y no sólo por el empacho mediático y la propia dificultad del empeño en sí, sino también por las trincheras que indefectiblemente se abren ante cualquier opinión expresada sobre uno de los presidentes norteamericanos más polémicos de la historia, si no el que más.

El caso es que se acerca el primer aniversario de la toma de posesión de Míster Donaldo, y resulta oportuno realizar un balance económico de sus primeros 365 días de mandato, tal y como ya efectuamos aquí, aunque de forma más genérica, tras sus primeras 100 jornadas al frente del país. Trataremos de hacerlo como entonces, dejando de lado cualquier simpatía o antipatía u otras consideraciones que no sean las puramente factuales. En este ámbito económico, estamos muy lejos de obtener una visión unánime. Las versiones de economistas, analistas, institutos y think tanks sobre el tema difieren sustancialmente en la oportunidad, alcance, profundidad y atribución de los efectos presentes y futuros de las iniciativas económicas de Trump. De todo lo que he podido leer sobre el tema, que ha sido bastante, destacaría el sucinto trabajo de contraste que la revista Global Finance realizó en su número de diciembre pasado. En este artículo y los siguientes vamos a seguir un enfoque similar, analizando las cinco grandes áreas económicas que conforman Trumpnomics: reforma fiscal, comercio internacional, sistema financiero, infraestructura y regulación. La entrega de hoy está dedicada enteramente a la primera.

La Reforma Fiscal de Trump: ¿en la buena dirección?

El viernes 22 de diciembre del año pasado, Donald Trump estampaba triunfalmente su firma en la polémica Tax Cuts and Jobs Act of 2017 (TCJA), un ambicioso paquete de medidas estimado en 1,5 billones de dólares, que supone la mayor reforma fiscal estadounidense desde 1986. El texto legislativo se aprobó inicialmente en el Congreso por 227 votos a 203 (con 12 republicanos y todos los demócratas en contra), pasó por el trámite del Senado con tres pequeñas enmiendas y un apretadísimo 51 a 48 negociado a ritmo de House of Cards (esta vez, con pleno apoyo republicano), y finalmente regresó a la Cámara de Representantes, donde quedó aprobado con 224 sobre 201 votos, reflejo de la profunda división que la norma ha suscitado en los legisladores. La líder de los congresistas demócratas, Nancy Pelosi, la tachó literalmente de “fraude” a los ciudadanos estadounidenses, “un simple, descarado, monumental robo a la clase media americana y a todos aquellos que aspiran a alcanzarla”. Trump, por su parte, manifestaba exaltado que su Tax Bill será algo “tremendo para la gente americana” y que resultará “fantástica para la economía”, tanto para la clase media, como para el empleo y las empresas.

Desde luego, a primera vista parece indudable que la reforma es beneficiosa para las empresas, al reducir de una sola vez y de forma permanente la “corporate tax” (nuestro impuesto de sociedades) nada menos que del 35% al 21% para todas las sociedades que operan en los EEUU, ya sean nacionales o extranjeras. Adicionalmente, se establece una deducción del 20% para las denominadas rentas pass-through, iniciativa clave destinada a beneficiar a autónomos, PYMES y cooperativas. Debemos tener en cuenta que la gran mayoría de empresas estadounidenses (un 92%) no pagan impuesto de sociedades. Los autónomos, las compañías de responsabilidad limitada, las llamadas “S-Corporations” y otras configuraciones corporativas no abonan impuestos societarios. Sus ingresos pasan a las declaraciones individuales de la renta de sus propietarios: eso es el pass-through. Por consiguiente, la deducción incluida en la reforma de Trump supone a priori un considerable alivio fiscal para los pequeños negocios, y de paso también para un buen número de estadounidenses de rentas altas.

A mayor abundamiento, la reforma reduce sustancialmente la carga fiscal a los beneficios de las empresas norteamericanas en el exterior, cuya repatriación pasa del anterior 35 por ciento a un 8 por ciento para las ganancias invertidas en bienes inmuebles y otros activos no líquidos, y a un 15.5 por ciento para las ganancias en efectivo, acciones y otros activos líquidos. Numerosas multinacionales norteamericanas mantienen enormes cantidades de caja fuera del país. Que estos fondos acaben retornando a la casa madre y los detalles de su empleo final han sido asuntos sometidos a un intenso debate, teniendo en cuenta el antecedente de una fracasada iniciativa similar del año 2004, pero el caso es que la medida ya tiene un primer adoptante de envergadura: Apple acaba de manifestar públicamente que planea pagar en Estados Unidos unos 38.000 millones de dólares en impuestos por sus beneficios acumulados en el extranjero. La compañía acumula más de 250.000 millones de dólares fuera, y la rebaja de Trump ha animado a Tim Cook a dar el paso. La empresa de Cupertino ha anunciado también un plan de inversión quinquenal que pretende crear hasta 20.000 nuevos empleos en el país, generando el equivalente a 350.000 millones en actividad económica. Ahí es nada.

La reforma incluye asimismo otras muchas provisiones fiscales para el ámbito corporativo (limitación en algunas deducciones, cambios en la amortización de activos, etc.) que exceden la ambición del presente artículo. El impacto final afecta de manera diversa a los distintos sectores de la economía y requiere un análisis técnico mucho más profundo. Resulta claro, en todo caso, que la Tax Bill es claramente business-friendly, y eso sin duda es bueno para la economía. Que finalmente se traduzca en mucha más actividad, más empleo y mejores salarios, lo comprobaremos con el tiempo, aunque en este caso también ha habido un movimiento destacable. La cadena Walmart, el mayor empleador privado de la nación, ha afirmado que elevará los salarios de sus trabajadores. También aprovechará el dinero ahorrado por el recorte de impuestos para otorgar bonificaciones de 1.000 dólares a sus empleados e incrementar algunos beneficios sociales. Otra buena señal.

¿Y los contribuyentes, qué?

La reforma mantiene los anteriores siete tramos de renta, pero reduce el tipo impositivo en casi todos los tramos:

Tipo impositivo USA

La reforma también duplica la deducción estándar. La deducción para un declarante individual aumenta de 6.350 a 12.000 dólares, y para declaraciones conjuntas se incrementa de 12.700 a 24.000 dólares. En contraposición, se eliminan las exenciones personales. Antes de la reforma, los contribuyentes deducían 4.150 dólares por cada miembro de la unidad familiar incluido en la declaración. Como resultado, algunas familias numerosas pagarán impuestos más altos a pesar de las mayores deducciones estándar. También desaparecen la mayoría de las llamadas deducciones detalladas por determinados conceptos. Por otra parte, se elimina la posibilidad de que los contribuyentes deduzcan más de 10.000 dólares en impuestos estatales y locales de sus declaraciones de impuestos federales. Este es uno de los mayores cambios de la nueva ley y puede aumentar significativamente la carga tributaria de las rentas de clase media y alta en estados con impuestos elevados como Nueva York y California. Hay otras deducciones que se mantienen, ajustan o desaparecen. Los tramos de ingresos se actualizarán cada año con la inflación, pero aumentarán más lentamente que en el pasado porque la Tax Bill utilizará para el cálculo el IPC Encadenado. Ello supondrá que con el tiempo un mayor número de ciudadanos ingresen en los tramos superiores.

Tras la aplicación de todas estas medidas, se calcula que más del 80% de los estadounidenses verán en 2018 una reducción de impuestos, y solo el 5% del total sufrirá un incremento, lo que resulta positivo en su conjunto. No obstante, el impacto es desigual para los diferentes percentiles de renta. Entre los que se encuentran en el 20 por ciento inferior, solo la mitad notará finalmente esa reducción. Los contribuyentes de rentas medias tendrán una reducción promedio en su carga fiscal de unos 1.000 dólares, y ello con matices, ya que según el Tax Policy Center, entre un 15% a un 20% de quienes ganan entre 86.000 y 300.000 dólares, experimentarán un aumento neto de impuestos en 2018 tras considerar todas las provisiones de la reforma. Finalmente, parece que las rentas más altas salen bastante bien paradas: se estima que el 1% de contribuyentes más ricos (rentas de más de 700.000 dólares), disfrutarán de un aumento en sus ingresos después de impuestos de un 2,2% en 2018, con un ahorro promedio de 34.000 dólares. Not bad. Si algún lector quiere jugar con la casuística y hacer sus propios cálculos, esta Tax Proposal Calculator resulta muy útil.

Una de las medidas más polémicas de la reforma afecta al impuesto de sucesiones: se duplica la exención del impuesto a 11,2 millones de dólares para solteros y 22,4 millones para parejas. Se trata de una medida que beneficia claramente al 1 por ciento de la población con rentas altas que paga dicho impuesto y crea un agujero recaudatorio significativo (4.918 declaraciones y 17.000 millones en impuestos recaudados en el último año fiscal del que se disponen datos). Algo que no ayuda precisamente a la creciente desigualdad que sufre el país.

También en el centro del huracán ha estado la derogación del mandato individual que hubiera impuesto Obamacare a quienes no tuvieran un seguro de salud en 2019: o bien contratar dicho seguro (subsidiado públicamente) o pagar una multa. Sin tal mandato, la Oficina de Presupuesto del Congreso estima que 13 millones de personas podrían abandonar sus planes sanitarios, al no tener que efectuar obligatoriamente dicho gasto. Ello puede tener efectos contrapuestos. Por una parte, cabe contemplar un considerable ahorro gubernamental (unos 338.000 millones) al no tener que pagar esos subsidios. Por otra parte, es muy probable que se incrementen las primas de quienes permanecen en el sistema, compensando en parte el ahorro producido. Además, menos estadounidenses recibirán la atención preventiva necesaria para evitar costosas visitas a emergencias, último recurso de los más desfavorecidos. Al final, ¿estaremos ante lo comido por lo servido? De nuevo, habrá que esperar.

En conclusión, la reforma fiscal en el ámbito individual, aun siendo desigual y poco progresiva, farragosa y bastante menos ambiciosa que la empresarial, supone una reducción efectiva de impuestos para una mayoría de contribuyentes. Sin embargo, y ésta es una cuestión esencial, las medidas tienen fecha de caducidad. Así como las disposiciones en el impuesto de sociedades son permanentes, muchas de las relativas a las rebajas individuales de impuestos, así como de los pass-trough de PYMES, autónomos y cooperativas, expirarán el 31 de diciembre de 2025 debido a las limitaciones que impone la denominada Byrd Rule, revirtiéndose la situación fiscal a 2017. Antes de esa fecha, el Congreso deberá decidir su extensión en el tiempo. Si ésta no se produce, podría darse la circunstancia de que una buena parte de la clase media acabe pagando más de lo que le correspondería pagar de no haberse promulgado la reforma. Y, miren por donde, ese fregado deberá gestionarlo otro presidente. Toda una patada hacia adelante.

La pregunta del millón: y todo esto, ¿cómo se paga?

Según el análisis que sobre el proyecto de ley realizó la Oficina Presupuestaria del Congreso, se estima que las rebajas fiscales podrían incrementar el déficit en 1,414 BILLONES de dólares hasta 2027. Esa estimación no incluye los ingresos compensatorios debidos al crecimiento económico impulsado por los recortes de impuestos.

Rebajas fiscales USA

El Comité Conjunto sobre Tributos ha estimado, por su parte, un incremento del déficit en 1 billón de dólares en los próximos 10 años. El impacto de la reforma, según su estudio, aumentará el crecimiento en un 0,7 por ciento anual, compensando en parte los 1,5 billones perdidos por las rebajas de impuestos. La Tax Foundation se muestra algo más optimista, estimando que la reforma agregará casi 448.000 mil millones al déficit en la próxima década. El impacto de las rebajas de impuestos será de 1,47 billones, que se compensará con 700 mil millones generados por el crecimiento y con el ahorro producido al eliminarse el mandato de Obamacare. El plan puede aumentar el PIB en un 1,7% por ciento anual, creando 339.000 empleos y contribuyendo a una subida del 1,5% en los salarios. Finalmente, el Departamento del Tesoro estadounidense ha calculado que el proyecto de ley puede generar 1,8 billones de dólares en nuevos ingresos. Proyecta un crecimiento económico medio del 2,9% anual, una cifra muy deseada por Trump.

El informe del Tesoro asume que el resto de los planes del presidente se llevarán a cabo. Estos incluyen las reformas financieras, la inversión en infraestructura, la reforma regulatoria y la reforma de la asistencia social, sin olvidar su incierta política comercial. De estos capítulos nos encargaremos precisamente en la siguiente entrega de estas Crónicas, porque para poder efectuar una prospectiva económica que tenga cierto sentido debemos contemplarlos en conjunción con la reforma fiscal. El equipo económico del presidente afirma que la reforma fiscal, sumada al resto de medidas, impulsará el crecimiento de forma muy notable, compensando sobradamente la caída inicial de recaudación. En el pasado, las rebajas fiscales de Bush proporcionaron un claro impulso a corto plazo en una economía que mostraba evidentes síntomas de debilidad, lo que no es el caso de la robusta economía estadounidense actual. Las rebajas también funcionaron en la época de Reagan, porque en aquellos tiempos la tasa impositiva alcanzaba… el 70%. Con tales niveles, unos buenos recortes fiscales impulsan el crecimiento lo suficiente para compensar cualquier pérdida de ingresos. Pero los impuestos en 2017 son la mitad de lo que eran en los años ochenta. Todo ello, además, sin haber considerado el gran elefante en la habitación: el impacto final en la monumental deuda pública de más de 20 billones de dólares que soporta la economía norteamericana, que merece un capítulo aparte.

En definitiva, estamos ante una reforma fiscal francamente buena para las empresas y algo menos positiva y desigual para los ciudadanos, con evidentes luces en lo general y numerosas sombras en su detalle. Una reforma que debe analizarse juntamente con el resto de medidas económicas para valorar su sostenibilidad, más allá del impacto positivo que sin duda tendrá en el corto plazo. En todo caso, supondrá un inmejorable laboratorio de análisis en tiempo real para los economistas de todas las escuelas. El problema radica en que los sujetos pasivos de este laboratorio son personas físicas y jurídicas reales, sometidas al furibundo albur de un presidente impetuoso e imprevisible, que casualmente lo es de la nación más rica y poderosa del planeta. Ahí es nada.

Como siempre, aquí seguiremos para analizarlo y contárselo. Never surrender, queridos lectores.