Tú y yo somos maltratadores

Me temo que este artículo va a resultarnos incómodo, tanto a ti como a mí. ¿Por qué? Porque pretendo que reflexionemos juntos sobre una cuestión que -muy probablemente- nos sacará los colores y nos enfrentará a nuestra falta de coherencia y humanidad… Y eso no es agradable.

Los afortunados que disponemos de tiempo y medios para cultivarnos leyendo este magnífico diario digital que es Ecoonomia.com, a menudo olvidamos que somos unos privilegiados y, desoyendo las enseñanzas de todos los maestros espirituales que en el mundo han sido, nos dejamos arrastrar por los cantos de sirena de ese consumismo y de esa ambición sin límites que es el motor de nuestra economía moderna, y -no lo olvidemos- también de nuestra insatisfacción. Porque, como no dejaba de repetir Buda, el apego genera sufrimiento. O, en palabras de Cristo, más nos valdría tomar ejemplo de la bella sencillez de los lirios en el campo.

Tenemos mucho, mucho más de lo imprescindible, pero todo nos parece poco.  Y así vamos saltando de deseo en deseo, de ambición en ambición, de sueño en sueño, viendo cómo la felicidad se nos escapa entre los dedos cada vez que pretendemos asirla a través de una nueva meta alcanzada.  Más, quiero más, necesito más… Ése es el mantra que, a menudo inconscientemente, rige nuestra ávida existencia. Un mantra que nos esclaviza y que, al mismo tiempo, nos convierte en verdugos y maltratadores de quienes han tenido menos fortuna que nosotros.

Porque no es preciso haber profundizado en el último estudio de Intermon Oxfam para darse cuenta de que, a menudo, nuestros lujos se basan en la penuria y las carencias de los demás. Los bienes materiales son, por definición, limitados. Así que el bien del que yo dispongo no está a disposición de otro, porque es mío… Aunque no tengamos muy claro de qué va esto de la propiedad… Materia que dejo para otro día para no echar hoy más leña al fuego, no vaya a ser que nos quememos. 

No hacen falta grandes teorizaciones: basta pasearse un anochecer cualquiera por el centro de una ciudad como Barcelona para ver a personas -como tú y como yo- rebuscando en los contenedores y basuras. Basta con dejarse caer por Cáritas -o por cualquiera de las fundaciones a través de las cuales, gracias a Dios, hay quienes dedican su tiempo y su dinero a ayudar a los más vulnerables- para percibir que, en medio de nuestro confortable mundo, hay rostros sufrientes y corazones rotos.   Son muchas las personas que no tienen lo básico, lo imprescindible, lo necesario para vivir como seres humanos y no como invisibles y desahuciados desechos de nuestra sociedad. Los hay aquí, en nuestros barrios. Y los hay allí, en la lejanía. 

Es fácil escudarse en que nosotros hemos luchado mucho para lograr lo que hemos conseguido, dando así a entender que los demás viven en la desgracia como consecuencia de su mala cabeza. Eso tranquilizaría nuestra conciencia mientras les miramos -calentitos- a través de la ventana de nuestro todo terreno, de nuestro deportivo o de nuestro utilitario. Pero, ¿es realmente así? ¿Son todos ellos culpables de la situación en la que se encuentran? ¿Y somos nosotros merecedores de todo aquello de lo que disponemos? ¿Es acaso razonable que los ocho hombres más ricos del primer mundo dispongan de la misma riqueza que los 3.600 millones de personas más pobres del planeta? ¡Tres mil seiscientos millones de personas! Estamos hablando de personas, no de estadísticas, de indigentes, de refugiados, de sin papeles ni de pobres. Insisto en llamarles personas porque las etiquetas despersonalizan. Estamos hablando de personas con nombres y apellidos que no queremos conocer, personas con una historia que podría ser la nuestra, con aciertos y equivocaciones, con unos orígenes y unas circunstancias distintas a las nuestras que les han llevado donde están. Si tuviéramos el valor de mirarles a los ojos, preocupándonos por su situación, podríamos preguntarnos con Albert Camus si tenemos derecho a ser felices mientras nos rodea tanto sufrimiento.

Y ahí viene la pregunta que tan poco nos gusta oír: ¿qué hacemos nosotros por cambiar las cosas? ¿Ponemos nuestro grano de arena para aliviar el malestar ajeno o cerramos los ojos para no ver lo que está sucediendo y seguir disfrutando de nuestra -más o menos- cómoda vida? ¿Estamos dispuestos a renunciar a parte de nuestros lujos para que otros tengan un lugar en el mundo? ¿Seremos capaces -como proponía Gandhi- de vivir simplemente para que otros puedan, simplemente, vivir?

No creo en las soluciones políticas, personalmente me rebelo ante las imposiciones de justicia social por parte de unos poderes que -demasiado a menudo- predican lo que no hacen y exigen lo que no están dispuestos a asumir ellos mismos.   

Creo en las personas -en ti y en mí- que, en un acto de conciencia, responsabilidad y amor, somos capaces de renunciar a parte de lo que tenemos para hacer más fácil la existencia de esas víctimas que hoy son crucificadas a causa del mundo que hemos construido y del modo de vida del que hemos decidido participar. Esto no hay Dios que lo arregle si no es con nuestra colaboración.

El incremento del PIB no va a traer un mundo mejor, éste depende de cada uno de nosotros.  De que seamos capaces de centrarnos en lo importante, renunciando a lo superfluo y construyendo una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos. Una sociedad austera, sencilla y moderada que -de una vez por todas- ponga a las personas por encima de las cosas.

Pero no nos contentemos con mera palabrería. Terminemos concretando. Yo te pregunto: ¿a qué renunciaremos hoy? La respuesta está en tus manos.  Tú decides si están abiertas para compartir o cerradas para golpear. No te engañes, no hay más alternativas. Hoy sólo podemos ser ángeles o demonios, austeros o inhumanos. ¿Qué vas a ser tú?

 
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información