Tiempos pasados, vidas pasadas

La verdad, aunque algunos no lo crean, soy un tipo despistado. De esos a los que les cuesta responder en una situación no prevista. Hace un par de días andaba en una estación de autobuses del Norte de España, exactamente en Santiago de Compostela. Estaba allí de pie, soportando un frío que podríamos decir voraz porque te devoraba en la oscuridad, esperando la llegada de un autobús para ir al aeropuerto. 

Un hombre mayor se acercó y me preguntó cómo podía subir a la planta superior. Sin apenas girar la cabeza le indiqué que hacia mi espalda había una escalera mecánica. En segundos mi silencio se rompió. Unos gritos perturbaron mi tranquilidad. Reconozco que tardé poco en reaccionar, quizás segundos, para mí demasiado poco. Soy un diésel ante una tensión. Pero me moví hacia ese sonido. A pocos metros ví a aquel hombre cabeza abajo rodando en descenso vertiginoso por la escalera mecánica. Su bolsa se había quedado arriba y él, aún sin reaccionar, volvía a subir con la cabeza donde debían estar los pies por una escalera mecánica sin pausa.

Ni raudo ni veloz, subí la escalera hasta levantarlo. Una pareja joven alertada de los gritos paró la escalera. Luego el propio servicio de la estación, muy brillante por cierto, vino a colaborar. Entre tanto llamamos al 112, y al cabo de unos largos minutos llegaron con la ambulancia. El hombre, de nombre creo recordar Rufino, era un viejo conocido de los técnicos sanitarios. Era 'otro' vagabundo de esos que recorre espacios sin saber dónde quedarse. Miramos su DNI. Había nacido en la posguerra en Cantabria, casi 75 años hacía, con residencia en Valladolid o al revés, de Valladolid con residencia en Cantabria. El tipo huía de los médicos como la peste. Vamos, les mintió vilmente. No quería molestar, vivía su vida.

Una vez cumplidos los trámites se me acercó sin que nadie le viera, me dio la mano, y me comento, entre risas, "creo que me he roto el brazo", pero no lo diga que si no me meten una semana en el hospital. Giró la cabeza, rió y desapareció en la estación de autobuses. Quizás Rufino no es el ejemplo que muchos quieren seguir, quizá su vida es un desastre, quizá no hacía un gran olor, quizás muchas cosas.... pero hizo algo que se noto era de corazón, dio las gracias cuando alguien le escuchó.Quizá simplemente, con más de 70, quiere que le escuchen. Al final las historias, la vida, como la economía, no se equivoquen, nacen de algo tan simple como escuchar a la gente. 

 
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