Si no puedes confiar, sólo cabe luchar

Para vivir es preciso disponer de aire para respirar. Para vivir en sociedad -y la empresa es una pequeña sociedad- es preciso disfrutar de confianza en quienes nos rodean. Porque, si no podemos confiar, nuestra existencia se convierte en un angustioso sinvivir, en una lucha permanente por la supervivencia, en una guerra constante contra el mundo.

Me gusta pensar que lo que une a los emprendedores con sus colaboradores es un proyecto compartido y no el encuentro de egoísmos e intereses individuales. Nunca me ha gustado la imagen del ser humano que asoma tras la teoría de la lucha de clases, como tampoco me gusta la forma de vida ni la sociedad a la que apunta.

Creo en la grandeza humana, en las buenas intenciones, en los sueños compartidos, en la colaboración y en el desprendimiento. Estoy convencido de que no todo puede reducirse a números ni ganancias. Por ese motivo, algo se me rompe por dentro cada vez que me cruzo con alguien que es capaz de vender su dignidad por un plato de lentejas. Y, desgraciadamente, es algo que sucede y a lo que -por lo menos yo- no me acostumbro.

Se me parte el alma cada vez que debo enfrentarme a la decepción que acompaña a la traición de aquél -o de aquélla- en quien has depositado tu confianza. Es tan fácil herir a quien tiene fe en ti, como difícil es curar el daño que has causado. Cada vez que alguien cercano te falla, pone a prueba tu creencia en la bondad última de nuestra naturaleza, abriendo así la puerta a nuestros peores demonios, dejando que éstos campen a sus anchas por estos lares. Es difícil digerir que aquellos a quienes más has favorecido, a quienes más has ayudado, a quienes más has apoyado, no te devuelvan gratitud sino una puñalada por la espalda.

Duele la decepción cuando te parece inconcebible. Duele especialmente cuando no te cabe en la cabeza que alguien pueda actuar de un modo tan desagradecido y miserable porque tú serías incapaz de hacerlo, porque no está en tu ADN. Cuando uno es capaz de mentir y traicionar por un mero interés económico, está poniendo precio a su dignidad.  Se prostituye voluntariamente. Demuestra lo que vale, que generalmente no es demasiado. 

Pero es que, además, muestra lo peor de sí mismo y da a luz un mundo peor, porque lo suyo es un acto de terrorismo moral que pone a prueba nuestra confianza en las personas, una confianza que después de su actuación se nos presenta como una muestra de estúpida ingenuidad. Es fácil que, tras sentir la puñalada en la espalda te preguntes: ¿soy gilipollas? ¿Debería invertir la carga de la prueba y no confiar en nadie, no apoyar a nadie, no hacer ningún favor a nadie que no me haya demostrado antes con actos su valía y fidelidad?

Cada decisión que tomamos configura el mundo que nos rodea. Y cada acto de egoísmo convierte nuestra existencia en una jungla de asfalto regida por el principio del sálvese quien pueda. Tal vez el engaño de hoy te reporte unas monedas, pero te aseguro que dejará tras de sí un reguero de desconfianza que te perjudicará en el futuro, como perjudicará ya a otros en el presente. Porque a nadie le gusta sufrir, y el que se siente engañado tiende a protegerse… Aunque sea a costa de la buena convivencia que tenía hasta ese momento con quienes le rodean. ¿A cuántos ángeles habremos convertido en demonios con nuestras traiciones?

Un empresario que engaña a sus colaboradores, un empleado que no es fiel a la empresa para la que trabaja, un socio que antepone sus intereses particulares a los del proyecto compartido… Todos ellos son una auténtica bomba de relojería capaz de hacer saltar por los aires el mundo en que vivimos, la sociedad en la que nos gustaría vivir. 

Pero no olvidemos que la ley kármica funciona, que uno recoge lo que siembra y que nos daremos de bruces con las consecuencias del daño que hayamos causado. Lo he visto otras veces, y eso me da cierta paz. Porque me anima a seguir luchando por ser una persona y no una bestia, por seguir teniendo fe en que el bien prevalecerá y que un mundo mejor es posible si nosotros no perdemos el norte. 

Seguir confiando no es una muestra de estupidez ni de debilidad. Es signo de la fortaleza necesaria para lograr grandes cosas. Que la bajeza humana no te haga renunciar a tu grandeza. Estás por encima de esas miserias. Sé la luz que necesita el mundo cuando te sientas rodeado de oscuridad. No es fácil, pero es imprescindible. 

 
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