Salte del sistema

Debo confesar que cada vez tengo menos ganas de escribir artículos. No porque no me guste escribir o no tenga intereses y preocupaciones, sino porque me aburre el sistema que hemos montado entre todos. Y quizás dejar de escribir sea el último paso que me queda para salirme del todo de esta dinámica colectiva un poco enfermiza.

Me refiero al sistema de la competición, la lucha, el esfuerzo, e incluso la guerra abierta “por culpa del otro, ¿eh? ¡Que yo soy un santo!” El imponer mi voluntad porque yo lo valgo. La ridícula idea de que estamos aquí para cambiar el mundo, supuestamente “haciéndolo mejor”. Obviamente según nosotros mismos, porque ya vendrá otro a decir que lo hemos empeorado. Competirá, buscará aliados, escribirá quince tweets y dará la tabarra hasta que logre sepultar lo nuestro para ensalzar lo suyo. Etcétera.

Me estoy aburriendo sólo de escribirlo. ¡jajaja!

Es lo que empecé a llamar “mentalidad de espermatozoide”. Un ataque de testosterona tan desequilibrado que pierde todo lo loable y maravilloso del empuje masculino. Un tsunami de energía Yang que nos está inundando todo lo cotidiano desde hace tiempo, y que a mí personalmente me aburre ya.

Nuestra sociedad ha llegado al extremo del ridículo en nuestra aplicación de los consejos racionales, los cuales se basan en luchar, intentar, insistir y aumentar tu fuerza, tu patrimonio, tu poder y tu influencia para acabar de aplastar a todo el que se ponga en tu camino. Como si fuésemos un indefenso bichito desesperado que va a por todas con todo lo que tiene antes de que su tiempo se agote o de que otro le quite el divino objetivo que persigue.

Me cuentan en el colegio al que fui de niña que es el cambio más sorprendente observado en los alumnos de hoy: la competitividad brutal. Los padres ya hemos logrado inculcar en las mentes de nuestros retoños que quien no lucha no gana, y quien no gana no es nadie. Así que a trabajar y estudiar desde pequeños para intentar colocarnos lo mejor posible desde ahora mismo.

Ahora me estoy cansando de leer lo que he escrito. Y no me río.

A mí un mundo sin sorpresas, milagros y giros de cadera femeninos me resulta francamente infumable. Aburrido. Robótico. Esclavo. Y falso en sus promesas de justicia que nunca se cumplen porque alguien siempre encuentra el modo de saltarse las normas, pasar comisiones por aquí, enchufar a sus hijos allá, hacer trampitas en pasillos oscuros para llevarse el gato al agua.

Andamos alarmantemente faltos de “mentalidad de óvulo”. Esa tranquilidad confiada que se entrega al destino sin exigencias. Ese enfoque exclusivo hacia la vida, la generosidad completamente desinteresada, esa valentía máxima de morir si no se presenta la oportunidad adecuada. Es el núcleo Yin de la energía más femenina, salvaje e indomable. Plena en la oscuridad, grande ante la muerte y sorprendente en su total confianza en el mundo. No necesita moverse ni un centímetro porque sabe que ya correrán los demás.

Tan prostituidos estamos por esta mentalidad ultra-masculina del competir a toda costa y a cualquier precio, que hemos sustituido al amor por la pornografía. Estamos hiper-sexualizados pero infra apasionados, convirtiendo nuestra vida amorosa en otra estrategia de ajedrez para conquistar al mejor, maximizar nuestra frecuencia, perfeccionar nuestras posturas y dejárselo bien claro, en Instagram, a quien pueda tener alguna duda. No hay entrega. Es todo conquista.

Con lo bonito que es vivir sin competir. Con lo bellísima que es una mujer que no intenta hacerse la sexy, ni camina intentando disimular supuestos defectos estéticos. Con lo contagiosa que es la risa juguetona de un niño que no piensa en el mañana. Con lo erótico que resulta dejarse desnudar el alma y disolver el corazón.

Yo, señores, me siento cada vez menos motivada por Twitter, Facebook o Instagram. Cada vez menos impresionada por los falsos titulares y los cuentos fantásticos de éxito y felicidad que cuentan aquí los favorecidos por la suerte o el azar. Cada vez más libre de este sistema de deshumanización que nos insensibiliza de tweet en tweet.   

¿Y saben cómo lo sé? Porque cada vez me apetece menos hablar de mí, mis opiniones o mis logros. Ya no siento ganas de ir. Estoy tan pancha viendo la vida llegar. Fluyendo con el momento. Exactamente como viene. Sin más.

La Pino de hace diez años encontraría muy simple a la que hoy escribe aquí. Ella necesitaba jugar el juego de competir, demostrar, triunfar, presumir. Necesitaba que la vida fuese complicada.

Pero fui dando pasos para salirme del sistema (¡o quizás los pasos me los dio el sistema para sacarme a mí!), y aunque cada paso fue un auténtico salto al vacío, puedo decir que aquí y ahora, en la otra orilla, la vida es sencilla. Sorprendente. Generosa. Totalmente impredecible. A veces femenina y otras masculina. Siempre emocionante. Todo es trascendente. Y todo está bien.

Salte del sistema. Dejarás de presumir y ya no querrás dar lecciones a nadie. Verás al rey desnudo y te conmoverás al ver atrapados a los demás en este juego de niños infelices e incapaces de madurar. Serás sabio y sereno en tu salvaje docilidad.

Gracias por leerme. Embrace The wild