¿Sabes autorregularte?

La autorregulación es uno de los conceptos más vanguardistas en la psicología moderna. Aunque la idea es súper sencilla y obvia, nuestras mentes ultra-cognitivas se han vuelto tan lineales que no lo entendemos ni nos lo creemos. ¡Nos hemos vuelto alarmistas sin remedio!

Y es que, en el plano de los números, la estadística y las proyecciones futuras que inundan nuestros periódicos y redes sociales a diario, las cosas están destinadas a crecer para siempre o a caer sin fin. Cuando la economía sube hablamos como si siempre fuese a subir. Y cuando el empleo cae nos deprimimos porque pensamos que todo irá a peor. Si fuésemos menos inteligentes tendríamos más confianza en la magia.

Porque en el mundo de lo irracional, lo biológico, lo emotivo e incluso lo esotérico, la lógica imperante no es lineal, sino cíclica. Lo que empieza acaba, lo que sube baja, y lo que parece haberse puesto muy negro, complicado y terrible – y se me ocurren unas cuantas noticias de hoy que serían buen ejemplo de ello --, está a punto de resolverse. ¡Como dice un viejo refrán Chino!

Esto de la autorregulación lo aprendí en un curso con el Doctor David Berceli, experto en trauma y creador del método T.R.E., o “Tension Release Exercises” (en español, ejercicios de liberación de tensión). Berceli propone que un organismo vivo que no ha sufrido eventos traumáticos tiene una capacidad natural para regular perfectamente sus procesos biológicos y emocionales. Si le sube la temperatura la puede bajar, si se le aprieta un músculo lo puede volver a relajar. Todos sus circuitos internos están perfectamente conectados y flexibles.

Pero al enfrentar un evento de vida o muerte el organismo entra en una respuesta escalonada según la Teoría Polivagal de Stephen Porges. A niveles moderados de peligro, un ser humano intentará negociar por su vida mediante comportamientos sociales. Todos los mamíferos lo hacen. Hablamos, ladramos, o ponemos carita de indefensos. Toda una retahíla de recursos enternecedores nos ayudan a desarmar a nuestro posible verdugo. Si nuestro nervio vago percibe que el riesgo es demasiado alto recurrirá al siguiente nivel de respuesta: la huida. O a su inmediato superior, la pelea.

Si ninguno de estos escalones previos de respuesta ante un peligro de vida o muerte va a funcionar, entonces nuestro cuerpo entra directamente en una respuesta de congelación o “shock”. En este estado el cuerpo se prepara para una muerte lo más piadosa posible, desconectando los circuitos que comunican sensaciones de dolor físico y emocional. Así, podemos ver en accidentes y desastres naturales a muchos heridos que hablan tranquilamente aunque sangren profusamente o estén claramente en situación dolorosa.

Pues bien, es esta respuesta extrema de shock la que rompe nuestra capacidad para auto-regular nuestros procesos biológicos y emocionales internos, dando lugar a lo que conocemos como Trastorno de Estrés Post-Traumático (TEPT). La solución que nos ayudó a sobrevivir contra todo pronóstico se convierte en nuestra jaula intemporal: nuestra psique queda atrapada en el tiempo, reviviendo una y otra vez todas las emociones y movimientos que hubiese puesto en marcha si no hubiese quedado “congelada” por el shock.

Así, nuestro cuerpo pierde su capacidad natural para responder sanamente a lo que ocurre a su alrededor. Interpretamos disparos al escuchar un golpe seco, o dejamos de dormir porque nuestro cuerpo sigue en hiper-alerta, a la espera de que llegue de nuevo su verdugo del pasado. Todo nuestro metabolismo perfecto se desregula, cambiando nuestras pautas de apetito, deseo sexual, descanso e interacción social. Ya no nos autorregulamos.

De ahí que Berceli y otros expertos en trauma centren su objetivo terapéutico en ayudar al cliente a volver a regular su propio cuerpo. Enseñarle a gestionar el miedo extremo que le entra al pasar por el lugar donde tuvo el accidente, por ejemplo, respirando y calmándose hasta que su cuerpo aprende a regular de nuevo esta emoción. Y todos los procesos biológicos asociados: el ritmo cardíaco, los procesos digestivos y metabólicos, hasta la tensión muscular.

He aquí la magia no lineal de la autorregulación. Cuando el cliente aprende a revivir los momentos de su tragedia, gestionando su propia respuesta emocional y biológica hasta que es capaz de quedarse tranquilo, ha resuelto el trauma. No sólo eso, sino que además se ha vuelto muy diestro en su habilidad para acompañar a otros en ese mismo proceso. Se convierte en una fuente de tranquilidad y sosiego en todos los entornos a los que va. Su sentido del humor juguetón contagia a todos, y describe su propia vida como un milagro.

De modo que no te dejes contagiar por los alarmismos de Twitter. Nadie sabe lo que va a pasar. Y mientras llega lo que tenga que llegar, lo mejor que podemos hacer es aprender a autorregular nuestras respuestas emocionales…, hasta que la vida vuelva a parecernos puro milagro y diversión.  

 
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