Que me juzgue un robot

En cualquier economía, uno de sus principales pilares es la justicia, en cualquier momento en el que un inversor no sienta que el sistema jurídico es fiable, huirá. Los ciudadanos también nos consideramos afectados cuando presenciamos un veredicto que la sociedad ya daba o por inocente o por culpable. Pero el caso es que el sentimiento general es de abuso, de desigualdad y de injusticia (antónimo de justicia).

En los últimos meses el debate ha estado en cada lugar de trabajo, bar, o frente a la máquina de café. Muchos políticos han estado desfilando por los juzgados y han llenado los telediarios, y como consecuencia creo que han avivado el malestar respecto de un sistema que hoy no parece al menos justo, a mí al menos no me lo parece.

Como principio básico, si hemos de hablar de justicia deberíamos al menos esperar que dos casos idénticos tengan un principio y un final similar. Con la ambigüedad que expreso en la última frase creo que me explico mejor con un ejemplo. Si en un caso X, participa un político o un famoso, el caso llegará antes a los juzgados, y también tendrá mucho mejor ritmo. En un caso similar, pero entre dos ciudadanos comunes (como somos el resto de los mortales), el caso tardará años, y por consiguiente no se recibirá un trato igual, en ninguno de los casos, quizá al famoso le interesaba ir más despacio, o al ciudadano común le interesa la rapidez. Lo cierto es que, en mi pobre definición de justicia, todos deberían recibir el mismo trato, bueno o malo, pero igual.

Por otro lado, cuando se trata de un político, lo más posible estos días, es que la sentencia sea más fuerte que si se tratara de un ciudadano de a pie, lo que suele llamarse “ejemplarizante”. Esto porque en el pasado se cometieron tantos abusos, y porque si fuera de otra forma seguramente la opinión pública le daría un escarmiento peor, pero pareciera que la tendencia es a que se le juzgue y castigue con más severidad.

Otro ejemplo que he compartido varias veces en foros de derecho es que, en dos salas paralelas, con casos similares, la probabilidad de obtener un resultado también similar es tan remota como encontrar vida inteligente en Marte.

Por esta razón y en repetidas ocasiones, he dicho que yo preferiría que me juzgara un robot. Un robot no tiene la necesidad de dar sentencias “ejemplarizantes”, un robot no le daría prioridad al famoso porque no sabría que es famoso, un robot difícilmente se dejaría engañar con un penalti fingido (las trampas y engaños que muchos abogados entienden por defensa), un robot no daría una visión emocional, un robot no juzgaría a dos personas de forma diferente en el mismo caso.

Con el uso de la tecnología, algo que sí podríamos asegurar es que todos recibirían un trato igual, aunque el algoritmo estuviera mal programado, seguiría “repartiendo justicia a todos por igual”.

 

 
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