¿Que adopte un tío? ¡Ni loca!

Lo del recortable del tipo ataviado con camiseta de Abanderado, calzoncillos medio largos y calcetines, con careto a elegir entre barba hípster o afeitado clásico, y rodeado de diferentes camisas-camisetas, pantalones-bermudas, además de complementos tipo ramo de flores o balón de deporte, me pareció más hortera que vintage, y pensé que alguna revista de moda quería hacer algo cool, recordándonos los pasatiempos de la infancia. Otra horterada de prensa-publicidad-marketing sin imaginación, vamos. El autobús se hacía esperar en una calle de Madrid y yo seguía analizando el anuncio de la marquesina, hasta que finalmente deduje que la propuesta “Adopta un Tío” (por internet, para más señas) era el auténtico revival de La Celestina, de Fernando de Rojas, quinientos años después. O sea, que en lugar de las alcahuetas de toda la vida ahora hay bots dentro de una app que sugiere un cambio de roles, en la que te puedes registrar con tu perfil de Facebook para elegir a tu príncipe azul o chorbo a corto plazo para el fin de semana. (Creo que ni mi abuela ni los solterones analógicos entenderían la frase anterior, pero bueno).

Ya de vuelta en Emiratos, me puse a buscar una información que compartí con amistades y que me hizo reír a mandíbula batiente: las vallas publicitarias anunciando un servicio para buscar cónyuge tuvieron que ser retiradas ante las quejas escandalizadas de los residentes en Dubai. Y es que aquí, a pesar de población global y desarrollo urbano acelerado, con tanto agente en moto voladora y tantos robots patrullando con humanos, las cosas de pareja distan mucho de la visión occidental. El asunto no tiene que ver solamente con la religión del país, sino que hay que añadir la población asiática, tradicionalmente muy conservadora en materia de esponsales con independencia del rito religioso. La sección de matrimonios de los periódicos en la que padres responsables de India, Paquistán, Indonesia o Bangladesh definen el prototipo de yerno aceptable da una dimensión de la realidad. No se trata sólo de que la pareja conecte, sino de que las familias se acepten: no caerle bien a la suegra cuando “todavía estamos conociéndonos” es casi garantía para cancelar el noviazgo. La cosa queda justificada porque en muchos casos la futura esposa convivirá más tiempo con la madre de su marido que con él mismo.

Algunos estudios universitarios reflejan cómo las khattabat, unas señoras encargadas de encontrarle a uno su media naranja para toda la vida, lamentan que el materialismo de los futuros maridos imponga unas condiciones físicas exhaustivas a la futura esposa, y que además los nuevos servicios de casamenteros se guíen por el dinero para mostrarle al futuro novio la lista de inscritas en el servicio. También pululan apps y websites de corte tradicional, en los que además de nombre, apellidos, correo electrónico y número de teléfono, se solicita la religión del usuario para que el algoritmo funcione correctamente. Lo que oyen, bueno, lo que leen.

¿Adoptar un tío? Aquí sonaría igual de raro. Son mundos distintos. 

 
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