Por qué no te deseo Feliz Año

Esta costumbre positivista de desearle cosas estupendas al vecino va in crescendo. Del tradicional “Feliz Año Nuevo” que veníamos diciéndonos una vez al año hemos llegado al “¡Que tengas un día maravilloso!” cada día al pagar el café. No sólo me parece excesivo e infantil. Es que además es ridículo querer vivir así.

Hay dos frases al respecto que repito a menudo porque me encantaron en su día. La primera salió en un libro curiosísimo de los setenta, el cual coleccionaba las mejores respuestas radiofónicas de un supuesto ángel llamado Emanuel: “A nadie le dan un diploma por reposar en el éxtasis”. La mujer que entonces prometía canalizar a esta criatura divina en un programa de radio explicaba a los oyentes que vivir es aprender y crecer, no un viaje lineal de disfrute sin más.

La otra frase la leí en un libro Irlandés sobre mitología y leyenda. Decía que los humanos siempre hemos sentido fascinación por los héroes, y que en los cuentos antiguos dichos héroes pasaban varios años o incluso décadas de penurias, castigos injustos y terribles pérdidas para forjar sus admiradas cualidades. “Hoy queremos ser héroes sin pasar por las durísimas pruebas que nos otorgan esta distinción”.

Ambas frases transmiten un conocimiento esencial de sabiduría milenaria que ignoramos por completo cuando repetimos tantas expresiones cursis de buenos deseos como papagayos: no vamos a tener un feliz año porque nos van a pasar muchas cosas difíciles que nos van a hacer más fuertes, más humanos, más interesantes y mejores personas. No necesitamos tantos días maravillosos.

En mi trabajo observo las trayectorias individuales de cientos de personas todos los años. Escucho miles de historias de dolor, pérdida, fracaso y disgusto. Y siempre veo heroicidad. Nunca siento compasión, ni siento ganas de evitarle la dificultad a mi cliente. No. Siento admiración y respeto. Me viene a la mente otra frase friki de otro curso extraño que hice en un centro de estudios chamánicos: “en el otro mundo los espíritus tienen una especial reverencia por aquéllos que han tenido una experiencia terrenal porque saben que es especialmente difícil y retador”.

Las tradiciones indígenas más antiguas invitaban a los jóvenes a buscar la aventura y el reto. Los sabios de tribus modestas y los profetas de grandiosas civilizaciones en los cinco continentes coincidían en esta idea fundamental de que vivimos para crecer, y crecemos en el reto, la pérdida y la adversidad. La felicidad, el éxito y el calorcito del cariño nos ayudan a descansar y reponernos, o nos dan fuerza para seguir luchando. Pero no pueden ser nuestro único objetivo en la vida. En exceso nos debilitan.

Para mí es obvio que quienes más han perdido en la vida están llamados a ser verdaderos líderes inspiradores para todos los demás. Reponerse y sanar dichas renuncias les da la oportunidad de alcanzar los máximos niveles de profundidad, sabiduría y amor incondicional. Igual que la fuerza de la gravedad desarrolla nuestros músculos y los peligros de la selva entrenan a los cachorros de tigre para hacerlos fuertes, veloces y astutos.

Por eso no te deseo un feliz año 2017. No. Te deseo aventuras, retos, angustias y muchas lágrimas. Porque sé que te harán más grande. Y sentiré muchísimo orgullo y alegría al ver en tus ojos que has encontrado dentro de ti la fuerza que no sabías que tenías. Que tienes mirada de héroe, voz de sabio y el corazón repleto de pasión salvaje.

 
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