Pero qué bien vivo

Llega el fin del primer tramo del año. Estoy cansado, algo agotado y mentalmente fundido. Por ello os voy a dejar un resumen que lo que podría ser un periodo normal de trabajo.

Amanece en la isla de El Hierro. Son las 7:22 de la mañana del día 13 de julio de 2018. A estas horas ya he terminado uno de los informes que me quedaban pendientes, he ajustado una agenda con uno de los clientes, he charlado con dos colaboradores, he difundido en redes algunos de los artículos de Ecoonomía, aclarado un par de dudas y, con envidia, he intentado ver los vídeos que ha colgado en Facebook mi hermana del concierto de Pearl Jam anoche en el Mad Cool. Vale que yo tenía que ir con ella, pero el deber me llevó a más de 3.000 kilómetros de Eddie Vedder, así que me conformaré con ponerme una lista de Spotify para consolarme en mi soledad matutina.

La verdad es que debo vivir a todo trapo. Si hago la cuenta de los viajes que he hecho en los últimos meses lo puedo resumir en que tengo la tarjeta de oro de Renfe y la Platino de Meliá. No me puedo quejar de la cantidad de ciudades que estoy visitando: Lo que no entiendo es por qué no me acuerdo de ninguna entrada a un museo, a un sitio especial o al menos una cena tranquila con algún colega fuera de lo que es el trabajo. Debe ser que mi ritmo de disfrute les abruma y por eso no quieren ir conmigo.

Es genial visitar las ciudades. Por ejemplo, mola ir a Canarias, todo sol y playa. Tanta es la alegría que no puedo hacer otra cosa que levantarme a las 4 de la mañana para llegar al aeropuerto de Madrid sobre las 5 y no perder un avión que despega entre las 6 y las 7. El juego de números funciona porque con el cambio horario pasadas las 8 estás aterrizando y puedes incluso empezar a trabajar a las 9. Es todo un lujo un mercado aéreo liberalizado, casi tanto como los AVE que salen a las 6 de Madrid para llegar antes de las 9 a Barcelona.

Además se hace un montón de amigos. Cada vez que se viaja se empatiza con un mogollón de colegas. En cada ciudad vas dejando cuotas de amistad. Te suelen esperar una media de 30 nuevos colegas a los que amistosamente entrevistas sin conocer de nada, a los que sometes a grandes interrogatorios y evaluaciones y a los que les haces pasar uno de los mayores miedos de su vida, el camino a la inseguridad. 

Pero no os preocupéis que no lo hago solo. De hecho, cada vez que voy de viaje me hago uno, dos o tres nuevos amigos, a los que he tenido que ayudar a entender nuestra misión en esa aventura, asistirles en los tiempos de trabajo e incluso hacerles de secretaria para que no corran el riesgo de no saber dónde comer o dormir. ¡Me encanta ser el asistente de mis nuevos amigos!.

Lo bueno es que mis amigos de verdad son súper comprensivos y lo resumen en grandes titulares. Frases como: “¡Qué buena vida!”, "¡Cómo vives!" o “¡Cómo te lo montas!” suelen ser los comentarios más recurrentes. En serio, llevo una vida cojonuda. A nadie le importa en realidad si las jornadas sumadas son de más de 15 horas, si a veces parece que nos han sondado porque no nos levantamos ni para hacer pis y si las horas pasan y pasan hasta que incluso llega a ser tiempo de cenar sin que hayamos visto casi el sol.

Pero yo sigo poniendo fotos de mis carreras a las 6 de la mañana, de mis selfies en los sitios donde me quedo solo, de los soles y de las lunas y de aquellos momentos que os hacen tener envidia de mi.

Esta es la diferencia entre la realidad y la ficción, entre lo que se ve y las bambalinas reales del trabajo. Por ello, que nadie te reclame el derecho a disfrutar de lo ganado porque nadie fue más testigo que tú de lo que conseguiste.

 
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