Patria

Ya sabía que Fernando Aramburu me iba a conmover con este libro. Había leído hace tiempo un libro suyo de relatos cortos, “Los peces de la amargura”, y ya me había secuestrado su modo de escribir. Tan humilde, tan rompedor con las normas literarias, tan cercano. Tanto sentimiento. Quizá hay que ser vasco para sentir y hacer sentir así.

Pero la novela está arrasando en toda España. Quizá todos tenemos algo de vascos. Algo de víctima, algo de testigo callado, algo de ideología y juicio agresivo. Y estoy segura de que cruzará fronteras. Mi madre creció en Irlanda del Norte y en las vacaciones veraniegas de mi infancia yo también anduve por las calles del pueblo descrito en la novela. Conozco a Bittori y a Miren. Conozco a muchas mujeres irlandesas como ellas.

En mi profesión me asombro a menudo de cómo se repiten las mismas historias y reacciones de un cliente a otro. Nos creemos muy originales en nuestro modo de enfrentar el dolor. Pero estas historias de violencia colectiva en tiempos de relativa paz se repiten en todas partes. En todo país o pueblo en el que ha habido una guerra civil se ha vivido el horror que describe Aramburu. En los años previos, o después del estallido de una guerra oficial, el odio mutuo ha destrozado vidas sin mutilar cuerpos. Mutilando almas y rompiendo corazones con lentitud multigeneracional.

Aramburu arma esta novela sobre los hombros de sus mujeres. “Las mujeres, cómo saben enredarnos…” piensa el terrorista encarcelado en su celda. Sí, las mujeres enredamos. ¿Quién iba a hacerlo si no? Las madres cabezonas, hoscas y contrarias a la modernidad. Las hijas rebeldes, criadas al frío del cariño sobrentendido, perdidas del todo en la sofisticación de su modernidad. Intrínsecamente volcadas hacia los detalles de lo emocional. Esto somos las mujeres.

Y Joxe Mari. El terrorista. El “malo” del cuento. Pobre diablo. Creo que es el que más pena me da. Nunca más pensaré ni sentiré igual sobre los terroristas que salen en la televisión. Lo fácil es condenarlos, enjuiciarlos y hasta reventarlos a golpes y castigos. Lo difícil es comprenderlos. Si ni siquiera se comprenden ellos mismos. No saben lo que han hecho. No son capaces de admitirlo hasta pasados muchos, muchos años de reflexión.

Y jamás podrán deshacerlo. Por mucho que quieran pasar página de puertas afuera. Serán siempre responsables de la muerte que sembraron. Como pensó Joxe Mari en su celda: “… toda esa chatarrería verbal/sentimental con la que durante largos años él había oscurecido su verdad íntima… Pues que había hecho daño y había matado.”

Bert Hellinger, el creador de la terapia de constelaciones familiares, dijo una vez que todas las guerras empiezan con un juicio y todas terminan cuando nos ponemos de corazón en el lugar del otro. Esta novela nos ayuda a todos a ponernos un ratito en el lugar de todos los personajes implicados en un acto de terror. Nos despierta recuerdos nuestros y cuentos cercanos. Y así nos ayuda a imaginar lo que podría ser un final de tanta guerra, violencia económica y discusión política. Un comprender y empatizar sin juzgar.

Con la cantidad de novelas ridículas y películas retrasadas que se publican a diario en los cines y librerías, a mí me ha dado mucho gusto encontrar algo tan profundo y conmovedor como lo que ha escrito Aramburu. Algo real. De verdad. Lleno de dolor. Lleno de amor. Lleno de verdades más profundas que los creadores de ficción triunfalista y exprimidores de falsa emoción esquivan a toda costa. Crean entretenimiento para distraernos de nosotros mismos.

Cuando el único modo para dejar de repetir historias de barbarie, violencia e injusticia, es enfrentarnos al dolor que nos han dejado la barbarie, violencia e injusticia del ayer. El nuestro, el de nuestros padres y abuelos. El que no nos han contado. El que han intentado olvidar o sepultar. El que renace cabezón en los corazones de los jóvenes de mañana. Empujándolos, ignorantes, a repetir de nuevo la barbarie, violencia e injusticia.

Patria somos todos. Y sin Patria ya no somos nada. 

 
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