Panikkar, metaeconomía y Cuaresma

Este año, con motivo de la conmemoración de los 100 años de su nacimiento, se ha convocado el Año Raimon Panikkar. Distintos organismos y asociaciones realizarán diferentes homenajes durante 2018 a este fructífero pensador catalán que, lamentablemente, parece ser más conocido y valorado en el extranjero que en su propia casa. ¿Será cierto que nadie es profeta en su tierra?

Si no conoces a Raimon Panikkar, es momento de que lo hagas porque el encuentro con su obra es difícil que te deje indiferente. ¿Por qué? Porque es de aquellos científicos-filósofos-teólogos capaces de llevarte de lo visible a lo invisible, de la parte al Todo, de la superficie a ese núcleo inefable de la Realidad del que todo brota, y que todo lo riega y religa con su agua de Vida.

También yo quiero hacerle hoy mi homenaje, aprovechando las fechas en que nos encontramos, recuperando algunas ideas que compartió con Antoni Bassas el 12 de marzo de 1999 y que -como suele suceder con sus aproximaciones e intuiciones- siguen resultando hoy tan vigentes como lo eran entonces.

Para Panikkar, la Cuaresma no debía ser vivida como algo negativo, como un periodo de privaciones, sino como cuarenta días de entrenamiento, de entrenamiento para la Vida, de entrenamiento para ser capaces de tomar las riendas de nuestra existencia liberándonos de todo lo superfluo, de todo lo innecesario que nos ata y esclaviza. Cuarenta días de entrenamiento para ser libres, auténticamente libres, incluso de las dinámicas de consumo y falsas necesidades que sustentan nuestro sistema económico y nuestra forma de vida.

La Cuaresma cristiana pide a los suyos ayuno y abstinencia.  Esto es, liberarse de ciertas “necesidades” físicas como pueden ser la carne, el alcohol o los excesos. Es un primer paso, un símbolo de un ayuno y abstinencia interiores que resultan mucho más profundos y revolucionarios. Pero no está mal para comenzar ya que, si no somos capaces de dominar nuestro apetito, ¿acaso creemos que seremos capaces de dominar el resto de nuestras pasiones, que nos vuelven voraces y peligrosos para nuestros semejantes?

Como recordaba Panikkar, es bueno mantener estas tradiciones y costumbres, porque la ortodoxia sigue a la ortopraxis y -si olvidamos el ayuno y abstinencia cuaresmales- pronto seremos incapaces de plantearnos la necesidad de privarnos del exceso para que algunos más puedan contar con lo necesario o, simplemente, para que ese exceso no se convierta en una cadena que nos ate a un tipo de vida que nos hace infelices porque nos priva de libertad y autenticidad.

¡Pero es que lo que a mí me hace feliz es no tener que renunciar a nada!, puede decir alguno. Panikkar le responde con dulzura y rudeza al mismo tiempo: que yo sufra porque no me puedo comprar el nuevo modelo (de lo que sea) quiere decir que he llegado a un nivel de humanidad muy pequeño, muy bajo. (…) Es angustioso comprobar cómo han llegado a comernos el coco.

Apostemos por una Cuaresma que nos prepare para la Pascua, para renacer de un modo nuevo. Atrevámonos a darle la vuelta a nuestra existencia reconociendo que hemos puesto un valor absoluto en cosas que son relativas y caducas y que, porque hoy están y mañana no, sólo pueden conducirnos a la decepción y a una carrera sin fin hacia una falsa satisfacción inalcanzable.  Aprovechemos la Cuaresma para volver la vista hacia lo esencial -que, como decía Saint Exupery en El Principito, es invisible a los ojos- y soltemos todo ese lastre que nos impide vivir con auténtica libertad y florecer como seres humanos.

Y al economista que no le guste, que se fastidie. Tal vez esté molesto porque puede ser que, tras la Cuaresma así vivida, alcancemos una Pascua en la que comprendamos que la Vida no es sólo la cartera.

Y ahí estamos de nuevo con la meta-economía, principio y fundamento de este artículo en el que, sin embargo, no hemos hablado de números.

Buena Cuaresma, y mejor Pascua.

 
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