Pacto de Toledo e hipotecas inversas

Cada vez está más claro que el Pacto de Toledo está en punto muerto. Entre que las elecciones catalanas eclipsan todo lo demás y que los aparentes buenos datos de empleo dan oxígeno al gobierno en minoría, casi nadie se recuerda de la necesidad de arreglar unas pensiones públicas cuyo déficit en 2017 se cifra en 1,8 % del PIB. Los temas urgentes demoran el trabajar en los importantes a largo plazo.

Resulta sorprendente el mensaje emitido desde el gobierno de que no hay que preocuparse puesto que aunque veamos telarañas en el fondo del arcón del Fondo de Reserva de la Seguridad Social, siempre tendremos el crédito del Tesoro. Es como si una familia se come todo el saldo de las cuentas bancarias porque gasta más de lo que ingresa, pero que viven felices porque pueden usar la VISA TesORO para llegar a fin de mes. Increíble. ¿Quién devolverá el crédito cuando llegue a su vencimiento? ¿De dónde saldrá el dinero? ¿Esperamos que una recuperación milagrosa de la economía, y sobre todo del empleo y de las rentas salariales, nos proporcione las contribuciones suficientes como para devolverlo en tiempo y forma? ¿Lo consentirá Bruselas?

Así pues, la vida del ciudadano racional y realista pasa por ahorrar a largo plazo en planes de pensiones. Poco en los de tipo empleo, asignatura pendiente de este país, y más a través de planes individuales.

Y, sin embargo, estamos descuidando una fórmula que merece la máxima consideración: hipotecas inversas.

En efecto, existen unos cuantos millones de ciudadanos a los que, a estas alturas,  ponerse a ahorrar les llega tarde. Aunque forzasen su ahorro, no alcanzarían un capital suficiente para tener una renta complementaria a la pensión pública suficiente. Por ejemplo, cientos de miles de autónomos que han cotizado por cantidades ínfimas y obtendrán pensiones reducidas. Curiosamente, los últimos treinta años de boom inmobiliario han logrado que muchos de estos españoles de mediana edad tengan propiedades de valor elevado pero nula liquidez. Su futuro es vivir con unos ingresos bajos a pesar de tener un patrimonio elevado.  De hecho las familias españolas, por razón sobre todo de su patrimonio inmobiliario, atesoran más riqueza que las de otros países con fama de ricos, como Alemania.

En un país que fundamentalmente acumula en ladrillos unas tres veces su PIB, y que tiene un problema enorme de pensiones en ciernes, la fórmula lógica pasa por facilitar la liquidez de los inmuebles y transformarlos en rentas vitalicias. Sin embargo, el mercado no se desarrolla, o funciona. Quizás el mercado provee bien de chuches, lavadoras o lapiceros a costes razonables, pero no hipotecas inversas. Ni en España ni en el resto del mundo.

No ha sido por falta de regulación. Se creó hace unos años, con ventajas fiscales y la voluntad de generar incentivos para su contratación. Durante un tiempo algunos bancos y compañías aseguradoras comenzaron a distribuirlas, justo antes de que la crisis inmobiliaria les quitara el apetito por la concesión de créditos hipotecarios. Hoy la hipoteca inversa es un producto de arqueología económica.

Sin duda los escasísimos resultados de la bienintencionada legislación actual de hipotecas inversas subrayan la necesidad de su revisión y de aplicar otros enfoques diferentes, innovadores y creativos, si miedo a cometer errores pequeños. El gran error sería no intentarlo. El gobierno debería hacer propuestas al respecto y el Pacto de Toledo debería incluir a las hipotecas inversas como pieza necesaria de la previsión social complementaria y probar otras fórmulas centradas en los ciudadanos y no en fiscalidad. 

 
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