Oro, incienso y mirra

Cuando escribo este artículo quedan pocas horas para la llegada de los Reyes Magos a todas las casas a depositar los juguetes a nuestros niños. Es una noche de nervios y, sobre todo, de mucha ilusión para los más peques de nuestros hogares. Dichosos ellos que viven en su mundo de sueños, de libertad, de ternura e inocencia.
Mientras presenciaba la cabalgata (de la cual mejor no opino), me acorde rápidamente de aquellas tardes en las que me tocaba trabajar. Eran días de reyes y me tenía que ir al curro. Más allá, mi tristeza rápidamente debía ser borrada pues me consideraba un privilegiado por tener trabajo todo el año. Ese era mi oro y mi incienso, mi regalo de reyes aunque supiera que desde el puente de la Constitución había visto a mis familia dos tardes mal contadas.

Que no podía ayudar a los reyes pues no tenía tiempo. Que no disfrutaba de la Nochebuena o día de Navidad porque estaba pensando en la cena de gala de fin de año. Al final mucho estrés para que nos creyésemos unos fenómenos, pero te dabas cuenta de que no eras un extraterrestre, sino sólo un número dentro de su organigrama empresarial.

Tú trabajabas y después, con motivo de FITUR veías en medios de comunicación especializada en economía, que ellos habían conseguido superávit después de impuestos. Money, cash, pasta y ni una simple cesta de Navidad. El sueldo más congelado que Walt Disney pero nos daban a entender que éramos unos privilegiados dentro del sistema.

Si ya tenia oro e incienso, ¿cuál era la mirra? La mirra, esta sustancia aromática de uso fúnebre -para embalsamar muertos- y que en este caso para enterrar el oficio de la hostelería. Se van los reyes y llegan las rebajas, la guadaña del desempleo, paro o las vacaciones forzosas hasta que no suena el pistoletazo de la Semana Santa y con ella de la temporada de hostelería. Y me pregunto, ¿por qué no se acaba con la estacionalidad en hoteles y restaurantes?

Pues creo que habría que preguntar a sindicatos y patronales de hostelería por qué no luchan por el trabajo de calidad, con sueldos acorde a nuestras funciones, niveles de estrés, pérdidas de nuestro tiempo libre, con festivos, no teniendo que soportar el convenio de hostelería, por ejemplo, de Cádiz, que siendo uno de los destinos mas caros del país es una vergüenza y una humillación para el profesional. Por eso, ningún gaditano ni gaditana se quiere quedar en su tierra.

¿Por qué no se gastan dinero en formación de calidad? Pues porque es mejor que se lo lleven ellos calentito y así cualquiera es camarero o cocinero. Eso conlleva que en los establecimientos de nivel bajo mejor ni entrar.

Sobre las empresas, hace años me di cuenta de que los números que solo les importan están en su cuenta de explotación y su recursos humanos son simples Kleenex. Al final, el día 8 de enero veremos un incremento del paro y ellos seguirán sin hacer nada.

 
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