Maldita abeja reina

​No pensé que el de la cabeza afeitada fuera a despertar la admiración por una anécdota de su infancia en Argelia, donde creció criado por sus hermanas. La mayor le encomendó que hiciera entrar a las mujeres en el edificio y diera la voz de alarma si la policía patrullaba por la calle. Entonces las reuniones estaban un tanto controladas (también pasó en España hace cincuenta años), pero las mujeres que acudían a los cursos de su hermana sólo venían a aprender. Eran abejas obreras, desde la instructora hasta las aprendizas.

La misión hizo que aquel hermano pequeño que vigilaba la puerta del edificio desarrollara un papel de protector de las mujeres que le ha guiado en su vida laboral –hoy empleado en un gigante tecnológico- , y no se corta un pelo señalando al metepatas de turno que organiza una reunión a deshoras para brillar delante de los jefes y quitarse de en medio a posibles competidoras, sabiendo que fastidiaría la conciliación familiar de la mayoría de las colegas y rehusarían ir. Los colegas no suelen poner pegas a dejarse ver cuanto haga falta, más que nada porque la mayoría no cumple más del 60 por ciento de los requisitos del puesto y en la entrevista no les descartan si comentan que piensan quedarse embarazados pronto. Sus compañeras de oficina, por su parte, no se presentan a un puesto salvo que estén seguras de cumplir al cien por cien con la descripción laboral.

Debido al sobreesfuerzo que se autoimponen a sí mismas, y a los convencionalismos sociales, las mujeres que han luchado tanto por romper el invisible techo de cristal se pliegan a todo con tal de mantenerse, desde no reclamar la autoría de sus ideas en reuniones, hasta bloquear a otras mujeres en su ascenso laboral. Han sudado la camiseta para compartir el Olimpo con algunos zánganos mediocres, aupados generalmente por madres machistas.

Muchas de las que han llegado arriba no tienden la mano a las que vienen detrás: les exigen mucho más de lo que a ellas les ha costado y las ningunean en público, de manera que las desorientadas aspirantes, lejos de sentir que las hermanas mayores les echarán un cable en caso de necesidad, se sienten traicionadas. Los ambientes de macho alfa donde la arrogancia prima sobre la colaboración son los más propicios para generar a su homóloga, la abeja reina. Ambos perfiles quedarían neutralizados si se propiciaran comportamientos menos sexistas, una ardua tarea que debe iniciarse en los hogares día a día. Predicar con el ejemplo, ese juego de palabras en plan “Walk the talk & Talk the walk”, produce sociedades más sanas a largo plazo, pero nos obliga a enfrentarnos a nuestros prejuicios conformistas. Aquel niño de siete años que vigilaba la puerta sigue predicando con el ejemplo, y ha empoderado a más mujeres en su vida de lo que podrá conseguir el seguimiento viral de los selfies de la huelga del Día de la Mujer. Feliz ocho de marzo a todas y a todos. 

 
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