Maíz forrajero y embalses arenosos

​Me he recorrido España de sur a norte en las últimas semanas y sólo he encontrado hectáreas y hectáreas de maíz forrajero –al parecer con subvención, qué escandalo-, pero ni en los embalses, ni en los ríos, ni siquiera en Asturias queda agua.

El trasvase Tajo-Segura no deparó sorpresas, pero en el norte… En mis anteriores viajes ibéricos siempre cerraba los ojos cruzando el túnel que lleva desde León a Asturias para sorprenderme con el embalse de Barrios de Luna. Este año miré por la ventanilla buscando el agua azul y el verde astur de la montaña, pero encontré más arena que en el desierto del Rub-Al Jali, del que soy vecina desde hace ya unos añitos.

El telediario puso imágenes a mi angustia por la falta del elemento líquido, y de pronto me vinieron a la mente las noticias que confirmaban que en Emiratos Árabes se estaban sembrando las nubes para crear lluvia, y me subió un rubor de vergüenza ajena y rabia al mismo tiempo. Cómo es posible que un país de tan poca extensión se empeñe en liderar el cambio climático y aquí sigamos cruzados de brazos regando el maíz desde Murcia hasta el Cantábrico. No sé cuántas mazorcas se consumen por persona o animal anualmente en España, pero a mí me basta con unos granitos en alguna ensalada de bote, y unas palomitas en el cine muy de cuando en cuando.

Pero volvamos a las nubes. Emiratos destinó casi cinco millones de euros a un programa de investigación para la mejora de la ciencia pluviosa (la traducción suena un poco mal, pero los millones son música celestial, ¿eh?) y en la última primavera ya experimentamos los resultados, incluido el caos circulatorio en algunas calles en cuanto caen cuatro gotas. Fue un tanto exótico salir con paraguas y jugar a saltar en los charcos. Para tener éxito hay que esperar a que se formen nubes y entonces se sacan los aviones del Centro Nacional de Meteorología y Sismología, bien cargaditos de cañones lanzando partículas salinas que atraen el vapor y se forman las gotas que caen por su propio peso.

Una de las científicas del programa experimenta con unos escarabajos namibios con capacidad de hidrofilia cuyo caparazón retiene el agua. No me veo sustituyendo los botellines de agua por una cañita atravesando un escarabajo africano, pero tiempo al tiempo, porque para el 2030 no habrá agua suficiente para toda la Humanidad (desde el prisma comercial, el agua es una inversión interesante de cara al futuro).

La ciencia de provocar lluvia no es nueva, en algunos países se utiliza desde hace décadas y mejoraron las precipitaciones en un 15%. ¿Se imaginan un 15% más de lluvia en los embalses de los años 50? ¿Y se imaginan si los partidos, en lugar de vender transferencias autonómicas y pagar pensiones no contributivas por quedarse en casa, se currasen una política hidrográfica que no consistiera en quitarse el agua entre regiones, acentuando odios territoriales? Ah, si sólo imaginásemos.

 
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