Lo sabes, pero ¿lo haces?

El artículo de esta semana me resulta especialmente incómodo porque me deja en muy mal lugar. A mí y a muchos de quienes dedicamos un tiempo diario a la reflexión, a la meditación, al diálogo y a la escritura. 

No hay duda de que el estudio y el trabajo interior van llenando nuestra mochila vital de conocimientos, ideas, experiencias, intuiciones e inspiraciones que nos permiten descubrir un mundo nuevo detrás de lo más simple y cotidiano. El trabajo intelectual y espiritual transforma la mirada, ensancha nuestros horizontes, nos muestra nuevos caminos y exige nuevas opciones y decisiones. 

Como me dijo hace poco mi buen amigo y maestro Javier Melloni, lo que escribimos tiene algo de profético, anticipa el lugar al que debemos ir, pide de nosotros exigencia, coherencia y movimiento. El conocimiento, para transformarse en Sabiduría, precisa que lo encarnemos, que lo hagamos nuestro, que dejemos de observarlo y comentarlo para empezar a saborearlo.

Pero eso no siempre es fácil, más bien al contrario. Porque una mayor lucidez pone de manifiesto la interminable distancia que separa nuestro ser actual de lo que ahora sabemos que debemos llegar a ser. Cuanta más luz nos alumbra, más visible se hace nuestra sombra. Y eso puede inmovilizarnos, hundirnos, crujirnos por dentro porque nuestro ego no es capaz de aceptar que está repleto de errores, imperfecciones y limitaciones. A nadie le gusta descubrir que tiene los pies de barro cuando su corazón arde con el fuego del amor por lo Uno, Bueno y Bello.

No es fácil asumir que el ser humano tiene los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, y que somos cada uno de nosotros quienes -con nuestras decisiones- decidimos si seremos bestias o dioses. Conviven en nosotros el ángel y el demonio y, dependiendo de a quién alimentemos, así seremos el día de mañana.  El trabajo intelectual -o espiritual- nos hace tomar conciencia de ello, nos enfrenta a que -como Jano- tenemos dos rostros que miran en direcciones opuestas y nos invita a descubrir que no se excluyen, sino que se complementan. Que la realidad incluye tanto a quienes somos como a quienes soñamos llegar a ser.  Quedarse con un solo polo es alienación, maya, una forma como cualquier otra de extraviarse.

Lo he vivido hace poco, de forma brutal. Permitidme que comparta con vosotros una intimidad: por fin he terminado la redacción de mi tesis doctoral sobre la meta-economía de E.F.Schumacher como punto de partida de un nuevo paradigma económico basado en un modo más humano de vivir (y convivir).  Después de años de investigación, estudio, meditación y escritura de madrugada, he dado a luz un texto del que me siento muy orgulloso porque me ha señalado claramente el camino de la Vida Buena que propongo desde esta columna -y desde mi blog- a todo aquél que decide visitarlo.  Le di a leer el borrador a alguien cuya opinión valoro como ninguna y de cuyo criterio me fío sin ningún género de duda.  Lo leyó.  “Me parece una obra maestra”, me dijo.  “Me alegro de que te haya gustado”, respondí.  “Yo he dicho que me parece una obra maestra, no que me haya gustado”, fue su réplica.  Me dejó de piedra.  Después, se explicó: “cuanto dices en la tesis resulta incuestionable, es lo que debería ser.  Pero no sé yo si es realizable.  En todo caso, sería heroico.  Es más, pienso que -si ése es tu ideal- eres un desgraciado, un fracasado, porque tu vida se encuentra a años luz de cuanto propones en tu escrito”. Fue una bofetada en toda regla, un guantazo que me dejó atónito.

He tardado días en reaccionar, en analizar cuánto hay de cierto en lo que me dijo. Probablemente sus palabras fueran más certeras de lo que yo pensaba y menos de lo que consideraba ella. Pero dolieron porque tocaron en blando, porque me mostraron que cuanto he aprendido no se ha convertido todavía en vida. En mi mano está el hacer -de mi tesis- profecía, o hipocresía. Eso es vivir. Soy mis carencias y mis anhelos. La realidad -la existencia- es el baile entre en yin y el yang.  Danzar, no dejar de danzar.  Ahora sé lo que debe ser, lo que debo hacer. Pero, ¿seré capaz de dejarme arrebatar por la fuerza y el fuego purificador de esa Verdad que no pide de nosotros que la descubramos sino que nos dejemos poseer por ella para ir más allá de quienes somos y de quienes creemos que podemos llegar a ser? 

Conocer, en sentido bíblico, tiene la acepción de copular. Ése es el conocimiento que hoy anhelo, el que me permita retozar con las ideas e intuiciones que las musas me han susurrado al oído para que, fruto de tan alegre y pasional encuentro, pueda engendrarse una nueva vida en la que ser y deber ser no se encuentren en desencuentro sino en armónica danza. Una vida en la que -fiel a mi ser- sepa lo que hago, y haga lo que sé. 

Así de sencillo, así de complicado, así de esperanzador.  Queda un largo camino, y estoy deseando recorrerlo.

 
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