Las dos y veinte de la mañana

Seguramente no entiendas, como lector, el sentido del título ni el porqué de estas palabras. Quizás, en estos momentos, yo tampoco. Simplemente es una mera reflexión sobre dónde podemos llegar a encontrarnos.

Llevo meses llegando despierto a las dos y veinte de la mañana y me he dado cuenta de que es una hora clave. Es el tiempo en el que ves cómo todo, tu vida, tu trabajo, tus pasiones, tus ganas, te han sobrepasado, todo tu entorno es asfixia y ya no das más de ti.

Los objetivos que te has puesto son apasionantes, pero también son estresantes. No es cuestión de rendirse, pero hay que vivir, respirar e intentar ser digno en tu condición de persona. Siempre puedes llegar a pensar que quedan unas cuantas horas y te engañas con la idea de que un poco más de tiempo te vendrá bien para acabar algunas cosas que dejaste pendientes.

Estirar la noche no será lo mejor, por mucho que pienses que puedes, que quieres o que debes. Estirar la noche solo te dejará huella en forma de sueño al día siguiente. Es lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría. La razón se impone y sobre todo, nadie puede discutir la idea de que una mente descansada es una mente ágil.

Este razonamiento sería genial si no me hubiese dado cuenta de que, tras meses pasando las horas nocturnas en estado de vigilia, se atraviesan fases de lucidez extrema. Es como cuando llega el punto culminante, a una pequeña muerte donde no te queda nada y renaces con fuerza. Esa sensación me hace recaer y recaer.

Y mis momentos son siempre iguales. De las doce a la una, de madrugada, siempre tengo fases de preguntas, de cuestiones sin resolver, de confesiones a mí mismo donde nada más que intento ser firme en mis creencias y en mis pensamientos. Me dedico a pensar qué hago allí, si habré tomado el rumbo correcto y en qué me habré equivocado. 

De la una a las dos, refuerzo aquellas conductas que me llevaron a estar allí desde las doce. Pienso en que poder vivir justo ese momento, escribiendo, ejecutando, pensando, ya es un éxito. Me convenzo para acabar y cerrar todo lo que está abierto y siempre pongo el crono hacia atrás porque si no dejaré de ser persona. Cerrar los temas pendientes es capital para poder resistir la vida.

Y luego las dos y veinte de la mañana. Justo cuando creo que me voy a morir, cuando no me queda ni un gramo de fuerza llega la parte creativa. Mis ganas, mis ideas y mi visión toman la forma adecuada y allí me llega la culminación, cuando ya he perdido la noción del tiempo, cuando vuelvo a creer en que todo tiene sentido. Simplemente hay que dárselo. Pensar que todo lo bueno pasa a esa hora solo tiene un sentido si rozas la locura y si implosiones en ti mismo. Pero, ¿a quién le puede importar eso?

Gracias Jacobo, gracias Carles. Sin vosotros nada sería posible.

 
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