La yihad del autobús

Imagino que algo habrás escuchado sobre un autobús naranja que recorre nuestras calles recordando -por si se nos olvida- que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. Para unos se trata de un atentado transfóbico, otros lo han bautizado como el autobús de la libertad. No me alineo con los unos ni con los otros, ya que ambos me parecen las mismas fieras con distinta correa.

Me explico: no voy a dedicar mi artículo de hoy a la transexualidad porque entiendo que sería superficial tratar de dilucidar tan compleja cuestión en unas pocas líneas. La transexualidad -la sexualidad en general- no es un tema sencillo. Exige una reflexión profunda que no siempre somos capaces o estamos dispuestos a hacer, y exige no olvidar que estamos tratando con personas. Sin embargo no se puede negar que es un tema candente, que nos enciende, porque constituye una de las más poderosas pulsiones del ser humano. Y eso la vuelve un instrumento de lo más apetecible para algunos, que precisan del conflicto para perpetuarse en su forma de vida.

¿Qué estoy diciendo? Afirmo que esta campaña, a favor y en contra del autobús, forma parte de una operación mucho más amplia y peligrosa que favorece los extremos y polariza a la sociedad, abocándola a una auténtica Guerra Santa en la que no ganan las personas sino unas pocas y radicales asociaciones que tratan de convertirse en nuevas Inquisiciones, en centros de un poder totalitario que quiere reeducar, juzgar y condenar a todo aquél que disiente de sus dogmas. Unas asociaciones que necesitan afiliados, base social y cuotas y que, por eso mismo, jamás perseguirán la paz social ni una auténtica tolerancia.

Al contrario, tanto el lobby LGTB como Hazte Oír-El Yunque están llamando a las trincheras utilizando las más básicas estrategias de la movilización de masas. Todos se presentan como víctimas de un enemigo intolerante y peligroso que quiere acabar con ellos y, con esta excusa,  todos llaman a la lucha a esa parte de la población que puede identificarse con sus eslóganes, sus ideas o sus miedos. Porque todos tienen motivos para molestarse, y esto es precisamente lo que consigue caldear los ánimos.

Para unos, ese autobús es una insufrible e ilegal provocación. Si uno piensa en el sufrimiento que puede experimentar -al cruzarse con él- una persona que esté viviendo los conflictos internos que acompañan a encontrarte con que tu cuerpo no se ajusta a quien sientes que eres, se entiende que se solidaricen con los colectivos trans y exijan su inmediata retirada.

Pero es que no son menos comprensibles todos aquellos -también hombres y mujeres de bien- que consideran que ese autobús-pancarta es la única respuesta que les queda para manifestar su disconformidad con que sus hijos menores sean educados en una sexualidad que les parece nefasta por imposición de una ley -colada por la puerta de atrás, como tantas otras- que obliga a las escuelas -so pena de sanción- a alinearse con una de las muchas líneas de educación efectivo-sexual que existen (la promovida por las más radicales asociaciones LGTB, teorías jóvenes y todavía no contrastadas en sus posibles consecuencias para los niños), dejando a la altura del betún las creencias de unos padres que ven con estupor que el Estado pretende substituirles como educador moral de sus hijos. Y claro, menudo es el Estado para educar a nadie…  Basta pasarse un día por el Parlamento para comprobarlo. Así que claro, también se cabrean. Porque ellos lo harán mejor o peor, pero al menos se esforzarán porque se trata de sus hijos.

En este ambiente de confrontación, unos claman por la libertad de educación y de expresión, otros por la protección de las minorías y el respeto a la identidad sexual. Todas ellas peticiones de lo más deseable. Obviamente, ninguno de los dos se preocupa lo más mínimo por la libertad ajena ni por tratar de comprender al otro porque eso es algo que debilita al guerrero, y esto es una guerra. Una Guerra Santa, dirán, pero guerra al fin y al cabo. 

E insisto porque es un dato importante, tanto la transexualidad como el autobús no son más que una de las batallas. Pero ya han comenzado muchas otras. Basta con leer el diario para encontrarnos con que los unos quieren retirar la Santa Misa de la televisión pública, mientras los otros se envían whatsapp poniendo el grito en el cielo porque los musulmanes puedan estudiar Islam en los colegios; que los unos envían a inspectores a los colegios religiosos para buscar cualquier resquicio de discriminación en su línea educativa, mientras los otros cada vez recrudecen más su posición contra la homosexualidad, o el divorcio, o el diálogo interreligioso, llegando a hacer afirmaciones que duelen a los propios católicos a quienes dicen representar y animan a algunos descerebrados a comportarse como bestias... Como bestias similares a las que son capaces de profanar lugares sagrados y ceremonias religiosas, cometiendo un delito y privando a miles de ciudadanos del mismo respeto que exigen ellos para su modo de vivir.  Pero, mientras tanto, las asociaciones y agrupaciones más radicales crecen… Porque la sociedad en su conjunto sufre, se disgusta y extrema sus posiciones tanto en lo moral como en lo político, lo económico o lo social.

Lamentablemente, la actuación de estas grandes asociaciones que llevan la voz cantante me recuerda demasiado a la estrategia del DAESH de ofrecer de sí mismo una imagen terrible con la intención de que el mundo entero tema y aborrezca al Islam para así, fomentando la islamofobia y el aislamiento de los musulmanes, éstos se sientan cada vez más discriminados y se vean animados a tomar parte activa en lo que, en su propia piel, experimentan como una guerra que ellos no habían comenzado. Su existencia como institución depende del enfrentamiento, así que jamás buscarán la reconciliación.

Nos animan a apagar el fuego con gasolina, y eso sólo puede conducir a un incendio mayor. La salida no está en el eslogan ni la confrontación. La única alternativa está en fomentar la conciencia, la reflexión serena, el respeto por la dignidad de toda persona y la tolerancia que de ella se deriva. Porque, para los que lo hayan olvidado, les recuerdo que la tolerancia exige una gran fuerza interior porque no supone que todo te dé igual sino que uno está dispuesto a aceptar algo que no le parece bueno en aras de un bien mayor. Tal vez por eso hoy ni Dios es tolerante. Bueno, Dios sí, porque el sol sale para buenos y malos… Pero al resto nos queda mucho por aprender.

¿Seremos capaces de dejar de tocarnos las narices los unos a los otros y de centrarnos en vivir lo mejor que sepamos, tratando de enriquecer con nuestras capacidades a la sociedad en la que vivimos y respetando la libertad de los demás a ser distintos, para pensar como quieran y para educar a sus hijos del modo que les parezca más adecuado? ¿Tan inseguros nos sentimos que necesitamos imponer nuestras opiniones?

Las opiniones deben calar en la sociedad por la fuerza germinadora de la propia verdad, no por su imposición desde el poder  ni por la manipulación desde los medios de comunicación. Porque también éstos participan de esta guerra construyendo barricadas o fomentando una discriminación positiva a favor de unas minorías que, al final, resulta discriminatoria para las mayorías. Y la discriminación es discriminación, sea de muchos o de pocos.

Todo debería ser mucho más sencillo, y debería comenzar por poner orden en nosotros mismos. Como decía Gandhi: no hay un camino para la paz, la paz es el camino… Y mejor hacerlo a pie que en autobús. Puede que tardemos más en llegar, pero disfrutaremos más del viaje y de la compañía. Demos el primer paso, todos ganaremos.

 
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