La vida a los 18: machismo en un sueño

La falda de una chica duerme descosida por las calles de Madrid. Lleva tacones rojos y maquillaje excéntrico, se desliza calle abajo y aplasta los juicios de los periódicos con los pies. El escenario le incorpora un sueño que le hace llorar. –¡Guarra!– Los ojos de los hombres aprietan su cuerpo contra la superficialidad; un sabor amargo en su garganta, quiere despertar si observa cómo la igualdad cruza la calle en sentido contrario, la busca y nunca llega.

Se despidieron los vals de los ochenta para bailar en discotecas donde los hombres buscan tocar caderas vírgenes y tetas deformadas. Su falda sigue descosida.

–¡Te he dicho que no!– Las difíciles son las que me gustan.

Las bromas machistas quedan dormidas dentro de una verdad; son las plumas de un pájaro enfermo.

Vuelve sola a casa en un sueño que la hace llorar. Al caminar de noche su corazón late más nervioso, mira hacia atrás un par de veces cada metro que avanza. Imagina el peligro de una situación que no podría controlar. Cruza la calle. Una botella de licor en manos de un hombre oscuro. Está empezando a llover.

Llega a su portal, saca su llave, la encaja en la cerradura y entra en casa.

–Te quiero– Abraza a su pareja y se queda dormida en sus brazos.

 
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