La vida a los 18: corazón roto

Te has ido y tengo que volar. Cuando era dueña de tu piel, las taquicardias afectivas eran constantes y mordía el deseo con ansiedad de tenerte un poco más. Te has ido y no hay nada que duela más que un dardo clavado en la comisura de un corazón que sonríe cuando te ve, me despido de lo que era; empiezo a volar con un cigarro y tres copas de más, al cielo limpio y despejado donde te veo en una nube, y me quedo por no bajar a ver un mundo vacío. El vicio recorre mi cuerpo que va rompiéndose a medida que te ve marchar, un control de alcoholemia en la carretera y un riesgo que no siento en mi cabeza.

Ahora los días pasan lentos para todos. La fiesta grita y los espejos son testigos del daño, se rompen a mi alrededor por no llorar al verme tan rota. Respiro para cuando la paciencia de volver a estar bien desaparece, y regreso a mi cama, quemo un libro con las cerillas del cuarto y vuelvo a salir.

En la discoteca suena una canción a la que mi corazón responde con sentido, cuando de repente me encuentro con un ángel que reluce; blanco se pasea iluminando la superficie y las gentes: ellos nos cuidan si vemos que no podemos seguir un camino que está destinado a llevarnos de vuelta a casa.

–Él se ha ido pero, ¿tú dónde quedas?– me dice. Se arrodilla y vuelvo a mi habitación.

Bajo con sigilo al salón y veo a mi madre llorar, vuelvo a subir las escaleras y me fijo en las fotografías enmarcadas de la pared: aquellas comidas, la primera película que vi en el cine, la semana en aquel parque de atracciones.

El amor nos perdona y nos vuelve a traer de vuelta si decidimos marchar.

El deseo no es amor porque el amor no duele.

 

 
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