La trampa de la meditación para directivos

Me gustan las sutilezas, los pequeños detalles que en ocasiones pasan inadvertidos pero que son capaces de convertir algo maravilloso en una abominación. Lamentablemente, los seres humanos somos expertos en eso, en pervertir lo óptimo dando a luz auténticas monstruosidades. No hay que olvidar que no hay mentira más peligrosa que la consistente en no decir toda la verdad.

Me temo que eso es, exactamente, lo que está sucediendo con los cursos de meditación para directivos. Están de moda, uno se los encuentra por todas partes, en las mejores organizaciones, en los más renombrados emporios. A veces apuestan por el zen, otras por el mindfulness, o por la oración contemplativa, o por el vipassana, o por el yoga, o por el tai-chi, o por el chi-kung… No importa, la meditación “mola” tenga el apellido que tenga. Y, por eso mismo, aparecen cursos y gurúes hasta debajo de las piedras.

No voy a entrar en si todos los supuestos maestros saben lo que están haciendo o son meros oportunistas que han encontrado un filón para su avidez de dinero fácil. De todo hay en la viña del Señor, pero por sus frutos les conoceréis.

No, no quiero poner el foco sobre los maestros sino sobre los discípulos y las alcahuetas que los incitan a meditar. Esto es, las empresas. Porque, gracias a Dios, hay organizaciones que han comprendido que su labor no consiste sólo en obtener beneficios económicos, sino en colaborar con el crecimiento personal de sus empleados y con la mejora de las comunidades en que se encuentran. Por ese motivo, proponen a su plantilla que pruebe la meditación, por si puede resultarle útil para desarrollar todo su potencial humano. Están convencidas de que la transformación del mundo comienza por la mejora de uno mismo, y han decidido poner su granito de arena para lograrlo… Aunque les suponga una inversión y un riesgo, porque el crecimiento personal de sus empleados suele venir acompañado de cambios de vida, y éstos no siempre coinciden con los proyectos de la empresa. Pero lo asumen con naturalidad porque, pese a las puntuales incomodidades que les pueda producir, se han vuelto permeables -como organización- a los efectos de la meditación, transformando sus objetivos, sus proyectos, sus medios, sus estructuras y sus formas de trabajar.

En el otro extremo tenemos a aquellas organizaciones que optan por las distintas formas de meditación porque consideran que la paz mental, el sosiego y la concentración que de su práctica se deriva volverá menos conflictivos, más productivos y menos sensibles al estrés a sus directivos y empleados.  No se equivocan, están en lo cierto, funciona. Pero en este caso se están quedando sólo con la visión más superficial de la meditación, con su versión más utilitaria, pervirtiendo su finalidad última y convirtiéndola en una sombra de lo que debería ser. Castran su poder transformador, de liberación y ampliación de conciencia, para encadenarla a un modus vivendi que sólo favorece -a corto plazo- a sus accionistas, pero desde luego no a sus empleados ni a la empresa a largo plazo. Porque, esa mayor capacidad de concentración -y de trabajo- que favorece la meditación, no se va a traducir en una mayor calidad de vida sino en la posibilidad de exigir más a cada uno de los miembros de la organización, porque son capaces de dar más. Y, al seguir al límite de sus posibilidades (o un paso más allá) su estado anímico no mejorará, ni tendrán la posibilidad de despertar a esa realidad -inmediata, sencilla y simple, pero hermosísima- que se están perdiendo y que una meditación consciente y bien vivida pondría a su alcance.  Seguirán siendo los mismos individuos estresados e insatisfechos que eran pero, eso sí, produciendo más. Seres humanos vistos como instrumentos y no como personas, substituibles, intercambiables… Sin más valor que el que producen en la cuenta de resultados. ¿Puede llevarnos este planteamiento a buen término?  La próxima crisis lo dirá.

Pero volvamos al tema, que me despisto. Frente a los dos casos expuestos, de puertas para afuera puede parecer que nos encontramos ante una misma situación: una empresa que promueve la meditación entre sus empleados. Pero, en la práctica, nos encontramos ante dos universos que giran alrededor de un sol distinto. Unos pivotan sobre el propio interés y la maximización de los beneficios de la compañía. Los otros, sobre la entrega de las capacidades personales a los demás como medio de encuentro con nuestro más auténtico Yo, como vía hacia una felicidad auténtica que nace del darse y no de la apropiación.

Es una pena que suceda, pero la realidad es como es… Y no tiene por qué gustarnos. Sin embargo, no pierdo la esperanza en que la meditación -incluso la realizada con objetivos torticeros- vaya calando en cada uno de nosotros y -lo queramos o no- nos conecte con ese Centro del que todo emana y que es capaz de llenarnos de una luz y un calor que irradie a quienes nos rodean, transformándolos a través de nuestra propia transmutación, haciendo de nuestro entorno un nuevo jardín del Edén en el que seamos capaces de vivir como humanos y no como bestias.

Om-én.

 
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