La tolerancia no es una virtud

“Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.”. - Edmund Burke

De repente, todo lo importante vuelve a serlo y uno se da cuenta de lo absurdo de los lamentos, de las quejas y de las discusiones impetuosas. En tan sólo unos segundos, todo queda fundido en negro y comienzas a ser consciente de lo que significa fortuna cuando va acompañada de vida. 

Mi mundo enmudeció hace unas horas. Es cierto que la conciencia de la amenaza existía pero uno siempre tiende a desear que se quede en eso y que nunca se convierte en real. Así, el pasado jueves en medio de un debate confuso e intencionado sobre el turismo, en mitad del periodo estival y en el pulmón vital de Barcelona, unos indeseables nos recordaron nuestra futilidad vital. 

Como en el 11 de septiembre, en el atentado de Madrid y en las últimas atrocidades vividas en Europa, todos dejamos lo que estábamos haciendo y nos centramos, ya no en la televisión, sino en nuestros móviles: primero, para saber que nuestros familiares y amigos que estaban en la ciudad se encontraban a salvo y, posteriormente, para seguir la evolución de los hechos. De lobo solitario pasamos en pocos minutos a cédulas hasta ahora dormidas en diferentes puntos del territorio que habían planeado algo de dimensiones mayores y que, por suerte, no les salió bien. Con el paso de las horas, nuestros asesinos tenían nombres y apellidos, rostro reconocible y… 17 años de edad.

Más allá de la guerra en la que estamos desde hace ya más de 16 años y que pocos se atreven a calificar como tal, más allá del absurdo de los ismos que llevan al ser humano a tomar como suyas vidas ajenas, más allá de los reproches históricos y mucho más allá del color de nuestra piel, hemos de intentar asimilar las diferentes motivaciones vitales y aspiraciones sociales. 

Hace poco conocíamos que nuestros jóvenes (16 a 19 años) quieren ser como Amancio Ortega ellas y como Steve Jobs ellos. Entre ninguna de las opciones se encuentra la aspiración a ser un dictador o un asesino o un colonizador o soldado de ningún dios. Por contra, en los vídeos que hemos ido viendo desde el 11-S en Nueva York de jóvenes islamistas sus aspiraciones son radicalmente contrarias a las anteriores y ya conocidas por todos. ¿Habéis visto la foto del terrorista fugado? 

La situación es compleja. Quienes hoy nos atacan, hace tiempo que viven entre nosotros y que disfrutan de nuestra cultura y valores. Y, a pesar de ello, su determinación es aún mayor. Estamos ante una guerra que no entendemos y a la que, una vez más, responderemos con las únicas armas que queremos: más amor, más apertura y más libertad. Sin embargo, todos los atentados que estamos sufriendo en Europa nos obligan a plantearnos cuestiones que hasta ahora no queríamos debatir y nos obligan a dejar de lado nuestra apatía social a la que muchos se empeñan en confundir con tolerancia. 

Como señala Edmund Burke: “Hay un límite en que la tolerancia deja de ser virtud” y ese límite hace tiempo lo sobrepasamos. ¿Quién se atreve a dar el primer paso?

 

Mi más absoluto agradecimiento y reconocimiento a todas y cada una de las fuerzas del orden por su extraordinaria labor. También a aquellos que en lugar de dedicarse a filmar, centraron sus esfuerzos en socorrer a los demás y darles cobijo. Gracias.

 
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