La maldición de hacer fortuna

Mercadona es al sector alimentario, lo que Inditex al sector textil. Dos exponentes de cómo los modelos de negocio que incorporan valor añadido para los clientes, son claramente premiados por estos y se convierten, gracias a ello, en ejemplos empresariales excelentes. Por desgracia en ambos concurren dos circunstancias nefastas: que para arrancar los proyectos no han recurrido ni necesitado de subvenciones públicas y que para continuar con su expansión no recurren a excesivas (por no decir nulas) inversiones publicitarias. Es decir, ponen en evidencia la posibilidad de triunfar sin necesidad de plegarse a la tiranía de los medios de comunicación y con independencia de la intervención del Estado, sin favores ni débitos políticos. Actividad empresarial libre e independiente. Éxito como premio indiscutible del mercado que recompensa a los mejores, aquellos que son capaces de responder a las necesidades de un mayor número de consumidores mejor que sus competidores. Verdaderamente imperdonable.

Llegados a este punto -sin querer perderme en el océano numérico que avala la gestión y los resultados de los gigantes patrios, de los que inexplicablemente no todos nos sentimos profundamente orgullosos, sino que muchos se empeñan en denostar cada vez que tienen la más mínima ocasión de hacerlo- sólo cabe cuestionarse planteamientos tan perversos preñados de oscuras, subyacentes y parece que apetecibles motivaciones como para que haya quienes invierten recursos, esfuerzo y tiempo en demonizar la actividad empresarial de Mercadona e Inditex hasta el punto de querer demostrar que la existencia de ambos representa necesaria y correlativamente una mala noticia para los demás. Las cosas son tan subjetivas últimamente en lo económico –ya no digamos en lo periodístico- que ni una ventaja competitiva, ni un know-how adecuado, ni siquiera la creación demostrada y demostrable de puestos de trabajo sirven para recibir elogios. Resulta incluso mucho peor, se interpretan y cocinan los datos para presentar lo bueno como malo, el éxito como algo perverso, lo que crea y aporta valor como algo negativo.

Cuando una ve, escucha y lee a ciertos “intelectuales” sobre los peligros que implica la riqueza, se queda estupefacta, pero no extrañada. Acostumbrados durante tantos años a envidiar lo ajeno, a codiciar lo de los otros y pensar que por nacer nos corresponde algún tipo de derecho inmediato o titularidad incuestionable sobre el beneficio del esfuerzo de los demás, no sorprende que haya llegado el día en que en lugar de reconocer el mérito de las cosas bien hechas, pretendan convencernos de que debemos lamentarnos por ellas. Es lo que tiene el consenso de la mediocridad, que promueve principios equivocados, anula la responsabilidad individual y no enfrenta directamente la ignorancia en prime time

Lamento espetarlo así a bocajarro, pero digan lo que digan -poniendo como excusa Mercadona e Inditex o como tesis abstracta en general- la riqueza de quien apuesta por un proyecto y arriesga su propio dinero para ponerlo en marcha nunca puede ser causa de desgracia ni empobrecimiento para los demás. En los casos concretos que nos ocupan, su mera presencia en el tejido industrial español es causa de riqueza para todos: porque su contribución tributaria (tema que seguro preocupa a muchos) es enorme en el debe de la carnívora caja del Estado, porque crean empleo (incluso en períodos de crisis o recesión), porque contribuyen al PIB en porcentajes escandalosos, porque generan valor añadido, porque fomentan a los proveedores de proximidad- sí, los mismos que hacen declaraciones acusando de explotadores a quienes les contratan pero desde el anonimato por miedo a perder los contratos… ¿será entonces que no les va tan mal?

No se dejen engañar. No contribuyan a alimentar la maldición de hacer fortuna. No penalicen la innovación. No se asusten con la ambición, preocúpense con la codicia. No ataquen el éxito basado en el valor añadido y el esfuerzo personal. No tengan miedo de los que generan riqueza. Ni escuchen a quienes sólo pretenden manipular, cosa que ocurre con detestable frecuencia. Los enfoques tendenciosos facilitan que las mentiras (y las medias verdades) sobrevivan en nuestra sociedad mucho más tiempo del necesario y deseable. 

 
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