Apenas llevaba un año trabajando en una multinacional suiza, en los Servicios Centrales de su filial española, cuando me ocurrió algo que nunca he olvidado. Fue en un ascensor.

La compañía había fichado a un nuevo director de marketing. Se rumoreaba que era un crack. Yo era un empleado veinteañero que estaba a años luz de su puesto jerárquico. Pero un viernes – lo recuerdo porque en los años 90 todavía se trabajaba los viernes por la tarde – fui protagonista de una casualidad cósmica: había ido al mediodía a recoger un libro a la biblioteca y ya subía en el ascensor rumbo a la planta 4 cuando, de repente, el ascensor se detuvo: entró el nuevo director de marketing, 1.90 de estatura, imponente...me echó un vistazo y cuando ya me disponía a bajar en mi planta, me dijo “ven a verme el lunes”. Aquello era inaudito, es como si Messi le pide a un canterano que vayan a entrenar juntos.

El lunes, entré en su despacho de la planta noble...”me gustaría que vinieses al comité de marketing”. Podéis imaginar mi vértigo: ¡El canterano invitado al balón de oro!! En fin, asistí, bajo miradas sorprendidas (algunas con desdén) de jefes de departamento. Se discutió sobre el lanzamiento de una promoción, costes, beneficios, etc. Era una decisión que significaba una inversión relevante. Yo no abrí la boca. Al salir el Big Boss me preguntó mi opinión. Yo no tenía experiencia ni formación ejecutiva, y precisamente gracias a mi mirada de outsider pude apreciar algo trivial que sin embargo escapaba a los que llevaban años de inmersión en su mundo de comités, cálculos y diagramas: "hablan mucho de los clientes pero poco... con ellos. Creo que deberíamos preguntarles..., escucharles, quizá nos sorprenderíamos"

Debió de gustarle porque más tarde me enteré de que se realizó una encuesta.

Dos días después el director de marketing me invitó a tomar un café... y recibí la mejor lección para mi vida profesional: "Los directivos, empresarios, ejecutivos, etc. han olvidado al ser humano, con sus deseos, desilusiones, alegrías, etc"

Me dijo algo más, a lo que ahora le pongo mis palabras: empresarios, ejecutivos, etc. se forman en estrategias de venta, digitalización, técnicas de innovación... pero yo les sugeriría salir a las 18h de la oficina, ir al teatro, al cine, leer libros de aventuras, dramas, comedias,... para entender las pulsiones eternas de los humanos... viajar, observar a la gente desde una terraza con una cerveza en la mano, ir a museos, bares, a la playa,... captar tendencias y no sólo recurrir a estudios de mercado, sentir... menos másters y más escuchar a los abuelos. Descubrirían que el centro del negocio son personas con cara y ojos, no perfiles econométricos de clientes, intuirían nuevas demandas insatisfechas...

Cuando ya salía del despacho del Gran Jefe, me atreví a preguntarle... "¿por qué yo?  Me fijé en el título del libro que llevabas el día del ascensor: Memorias del subsuelo, de Dostoyevski... alguien joven, que aprende de los maestros del alma humana. Eso cuesta encontrar... fichar a un economista con un máster... está chupado"