La campaña catalana desde 1000 km

Hoy escribo tras tomarme unas tapas en el Norte de España. Estoy a mil kilómetros de Cataluña pero admito no en Bruselas, ni ganas de estar allí. Hace no mucho pasé unos días agradables en la capital de Bélgica y su tranquilidad creo será rota en unas pocas horas por gente que no entiende que la democracia no consiste en gritar más en la calle, sino en tener más votos.

Paseaba por las cercanías de la zona europea y me chocaba que me paraban turistas para preguntarme por direcciones de la capital. Supongo mi pinta, acompañado de mi hijo, era de lugareño. Algo que sinceramente no serán los visitantes independentistas. No es que no parezcan belgas, aún peor, su actitud no parece europea. Bueno, perdón, parece del continente en los años 30 cuando grupos de extremistas tomaban las calles clamando contra todo aquello que no deseaban.

Como decía, hoy he estado de tapas. Una tranquilidad por las calles, una sensación de Navidad, que me han hecho olvidar a mi Barcelona durante unas horas. Es triste que el referente cultural y urbano europeo como Barcelona esté desapareciendo a ritmo vertiginoso de su lugar de preponderancia por la insistencia de un tipo de gente rural que en su vida han visto más allá del Ebro. Bruselas será en horas una representación de la Cataluña más rural, más antigua, más clasista, más en las antípodas de una sociedad del siglo XXI. En fin... la campaña catalana a 1000 km.