Espejito, espejito ¿qué canal me sienta mejor?

Masterchef se ha convertido en otro tema, junto con el fútbol, del que me acabo enterando por mucho que intento no saber nada. No puede interesarme menos. Pero nos lo ponen hasta en la sopa. El morbo tira mucho. Está claro.

Hace algunos años intenté crear un programa de televisión sobre crecimiento personal. Hablé con varias productoras y con ejecutivos de algunos canales. Mi propósito era fomentar una cultura de reflexión, introspección, aprendizaje en lo emocional y respeto por la dificultad que superan otros. Una invitación a crecer como persona. Lo dejé por imposible.

Me niego a prostituir las emociones de nadie

Porque lo único que querían las televisiones era morbo. Querían sacar a alguien llorando, o filmar sus momentos más íntimos, o tener peleas y broncas que atrajesen espectadores. Y yo me niego a prostituir las emociones de nadie. Antes muerta que forrada a costa de la intimidad o la humillación de otro.

Pero el morbo vende. Es exactamente lo mismo que ocurría durante las luchas de gladiadores en la antigua Roma. Cuanta más sangre y violencia veían esos públicos enfurecidos, desbordados de emociones contagiosas por la masa sentada a su alrededor, más disfrutaban. Ahora la masa está conectada por Twitter, y las heridas de muerte se ejecutan mientras cocinan platos sofisticados. Parece más civilizado porque hay muchos estilistas poniéndoles ropa bonita o maquillándolos a todos, pero al final están luchando entre sí, luciendo sus peores debilidades frente al mundo entero y entregándose a los buitres que los despedazarán en las redes sociales durante horas.

Formatos como Masterchef han elevado este juego enfermizo a su máximo grado de gélida crueldad: las puñaladas se dan con besos, abrazos y mimos en color de rosa. ¿O naranja? Todas las imágenes de este programa son bellas, con colores cálidos, parajes hermosos y gente guapa. Como escribía Esther Mucientes en su crítica esta semana, todo lo que vemos es mentira. La búsqueda del personaje de marketing más rentable condiciona todo lo demás. Frente a guapitos, famositos y teatreros, tan magnéticos para los televidentes y el dinero publicitario que traen consigo, el arte culinario tiene poco que hacer.

A mí las emociones cursis y sobre-actuadas me empalagan enseguida. Motivo por el que no veo estos programas. Pero cuando la violencia se disfraza de merengue buenista e ideal, me dan ganas de vomitar. Parece que hacemos una competición que saca lo mejor de sus concursantes cuando en realidad seleccionamos a los que más espectáculo generan y luego los picamos entre sí para que se peleen más, sufran más, y nos den más minutos de oro con máxima audiencia. Sea en una cocina o desnudos en una isla remota. Es un nivel de cinismo que me espanta. Como cuando tienes una amiga que te insulta con tantas palabras bonitas que tardas un tiempo en darte cuenta de lo mucho que te duele el sopapo que te acaba de meter.

Las televisiones se escudan en que esto es lo que los espectadores quieren ver. Y quizás los productores de estos contenidos no se dan cuenta de lo lejos que llegan, o cuántas líneas rojas pisotean, por subir unos puntos en los rankings de audiencia. La televisión es un mundo de fantasía donde todo vale porque todos saben que es de mentira. Es, sin embargo, el espejo en el que se mira nuestra sociedad.

Prefiero enfrentarme a un hueso roto por un animal sin malicia que recibir una puñalada por la espalda en una multinacional

Ayer mi caballo me dio una patada en el brazo porque se asustó. Por suerte no fue más que un rasguño. Cuando lo comenté con mis entrenadores me volvieron a decir que éstos son los riesgos del mundo de los caballos. Yo les contesté que prefiero enfrentarme a un hueso roto por un animal sin malicia que recibir una puñalada por la espalda en una multinacional, a manos de ejecutivos elegantes con MBA de escuela pija.

Estos programas triunfan porque nuestra sociedad quiere ver sangre, puñaladas y humillaciones. Nos despiertan sentimientos íntimos inconfesables. Luego nos preguntamos de dónde salen los violentos de género, por qué locos inofensivos se vuelven terroristas, y cómo es posible que los niños hagan bullying en el colegio. Vamos de buenos, pacíficos y amorosos por la vida. Dispuestos a crucificar socialmente a cualquiera que se atreva a ponerlo en duda.

Quizá la televisión no es el lugar para hacer crecer a nuestra sociedad. Si queremos que cambie la imagen de nuestro espejo, quienes debemos mirar lo que no nos gusta de nosotros mismos y empezar a crecer como personas somos nosotros. 

 
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