En las trincheras

Tras los terribles ataques en Barcelona y Cambrils y de unos voluntariosos amagos iniciales de unidad, parece que estamos entrando en un final de agosto triste y canicular en todos los sentidos. Un período en el que volveremos a estar condenados a malvivir dentro de las trincheras ciudadanas, por culpa de un marasmo ético y político que nos retrotrae a las peores épocas de desencuentro patrio.

Esta vez no son los terroristas quienes asolan el campo de batalla. Estallan las acusaciones en lugar de los explosivos, se difunden los rumores como gas nervioso, atenazando comportamientos y cercenado sensateces. Aniquilados por la falta de generosidad de unos pocos, millones de ciudadanos son colocados en un brete imposible, cuando lo único que siempre han pretendido es prosperar y vivir en paz y libertad. Acogotados, contemplan desde sus agujeros cómo una lluvia ácida de reproches agosta el terreno del entendimiento y de la discrepancia pacífica. La metralla política y mediática se expande en forma de mezquindades, de mentiras, de declaraciones tan grandilocuentes como vacuas, de acusaciones, de insultos, de peticiones no efectuadas y auxilios no concedidos. Las palas de los zapadores del caos remueven hechos y datos, mientras excavan interminables trincheras desde donde afianzarse y confrontarse con certezas imposibles.

Así, en apenas un palmo de terreno yermo, sólo podremos ir avanzando y retrocediendo sin sentido. Postergando. Declinando. La vida en estas trincheras constituye la nueva pesadilla del ciudadano. Es el improperio continuo, el estar mal informado y peor servido, la corrupción grande y pequeña, la confiscación del espacio compartido, el barro pegajoso de las dudas y las incertidumbres, la resignación y el acecho creciente de un guerracivilismo que creíamos desterrado. Todo ello pesa de manera brutal en el ánimo, la convivencia, la libertad y el futuro económico.

Ahora, justo en medio del dolor reciente de la tragedia compartida, ese ruido sucio parece haberse atenuado. Asomamos la cabeza, compartimos el dolor y confraternizamos con familia, amigos, vecinos y desconocidos en ciudades, pueblos, playas, estadios, calles y plazas. Como en aquellos episodios de ocasional humanidad de la Primera Guerra Mundial, salimos de nuestras trincheras y hacemos surgir un atisbo de paz y tregua. Nos miramos a la cara, lloramos, sonreímos juntos. También reconocemos lo absurdo de tantas situaciones, posturas inamovibles y presuntas verdades construidas a golpe de sinsentidos. Intercambiamos pareceres razonables y nos convencemos de que se pueden hacer las cosas de otra manera. Compartimos generosidades y nos sentimos más personas.

No obstante, pasado un tiempo, la tregua terminará tal como había empezado, en un visto y no visto, cuando la maquinaria de odio arranque de nuevo a toda potencia. Nadie nos habrá obligado a regresar a las trincheras, pero allí estaremos, más tristes y amargados si cabe, sabiendo que pudimos y no quisimos quedarnos de pie en terreno despejado, pensando y viviendo en voz alta mientras contemplábamos otros posibles horizontes.