Cuando escribo este artículo, ya han transcurrido siete días desde la toma de posesión de Donald Trump como 45º Presidente de los Estados Unidos. El empresario y outsider republicano, cuyas posibilidades de alcanzar la presidencia eran “cercanas a cero” hace apenas unos meses, comenzaba su mandato ante una expectación global muy distinta a la generada por su predecesor. La notoria tempestuosidad del personaje, sus controvertidas promesas y su enfrentamiento declarado con un importante sector de la prensa, auguraban un arranque trepidante, y así ha sido, comenzando por el propio discurso inaugural, escueto manifiesto nacional-proteccionista repleto de lugares comunes y promesas añosas, muy celebrado por sus fieles. Al discurso le siguieron una manifestación masiva de mujeres en Washington DC y en otras ciudades, una bien orquestada reconciliación con la CIA y una nueva ronda de desencuentros con la prensa sobre realidades y hechos alternativos.

A partir de entonces, la actividad ejecutiva presidencial ha sido frenética: reunión con líderes empresariales y promesas de recortes fiscales; retirada del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y anuncio de revisión de los tratados de libre comercio con Canadá y México; luz verde a los oleoductos Keystone XL y Dakota Access, vetados por Obama; construcción del famoso muro fronterizo con México, seguido de dimes y diretes sobre posibles medidas arancelarias para que el país vecino “lo pague” y la subsiguiente cancelación por el Presidente mexicano de su anunciada visita oficial; reunión en buenos términos con Theresa May, a la que alabó por el Brexit… todo ello trufado con su habitual locuacidad en Twitter, red social en la que Trump se encuentra como pez en el agua y que utiliza profusamente, ya sea para bravuconear, anunciar nuevas medidas, lanzar advertencias a empresas y mandatarios extranjeros, fustigar a los medios o romper citas oficiales. En definitiva, y por el momento, el nuevo presidente no ha hecho nada que no dijera que iba a hacer durante la campaña. Los mismos analistas estupefactos por su victoria parecen estarlo ahora por verlo cumplir punto por punto sus promesas electorales. Y el show no parece haber hecho más que empezar.

No obstante, resulta conveniente tomar cierta distancia y no dejarse llevar por el exceso de ruido mediático sobre las acciones presidenciales. Cierto es que sus repercusiones son muy relevantes, al tratarse de Estados Unidos, pero detrás de estas iniciativas primerizas se encuentra la lógica, no de un político, sino de un empresario duro, marrullero, correoso y contradictorio, habituado a los vaivenes, juego sucio y brega incesante de sus negocios. Para entender al personaje, recomiendo hojear alguno de sus libros, especialmente “The Art of the Deal” o “Think Big”. En este sentido, lo que está haciendo Trump es, ante todo, marcar el terreno de juego, tanto en la política interna como en la exterior: “estas son mis reglas y este es mi tablero, y a partir de aquí, vamos a negociar según mis términos”.

Su enfrentamiento declarado con la prensa y los agentes sociales estadounidenses más progresistas, su preferencia por el bilateralismo, su denuncia de tratados comerciales ya firmados, sus encontronazos con China en temas como los aranceles, el Mar de China y Taiwan, su acercamiento a Putin, otro hardliner del tablero geopolítico, sus avisos a Europa, su presión continua a México y la continua expresión pública de sus intenciones y líneas rojas, están todos en su lógica peculiar de negociación, en la construcción  del "personaje Trump", ese mismo que le ha llevado en volandas hacia la presidencia. En su mente, se trata de recuperar la iniciativa perdida durante el mandato Obama y devolver el vigor guerrero a la vieja águila imperial que preside el escudo de EEUU. Todo ello, presuntamente, para “devolver el poder al pueblo y dar voz a los olvidados”.

El problema es que sus oponentes no son empresas, sino actores con poder político, económico y social que también pueden poner, y pondrán, sustanciales cartas sobre la mesa. Cada acción tiene su reacción, y los pasos en falso, especialmente los económicos, se acaban pagando muy caros en el medio y largo plazo. No obstante, todo está todavía por ver, y aquí permaneceremos para contárselo.