El dolor de una espada

Es curioso ver lo bonita que es la vida. Tú sales con un sonrisa cada mañana de casa e intentas regresar del mismo modo por la noche. Si lo logras has ganado un gran día. Pero si uno mira cómo circula la gente por las calles, o en las ciudades dentro de sus vehículos, se da cuenta de que las caras son un auténtico mapa, destrozadas por las zarpas de algún oso polar.

Caras las hay con variedades diatópicas. De pequeño, recuerdo que la gente silbaba por la calle, en las obras, en el campo. Los niños corríamos, saltábamos y gritábamos de felicidad. Y todos en conjunto eramos incapaces de pasar dos días sin reírnos a carcajadas, ¡¡ incluso llegando al llanto !!

Esto es algo que hoy no sucede ni con los afortunados con la lotería. ¡¡Te ha tocado el Gordo !! y te responden: bueno, sí.... un poquito. Esta reacción para mi es como un pecado mal hecho, un pecado fracturado; es decir, si pecas peca bien, anclando un comportamiento atípico al ser humano. Y esto sucede por miedo al reparto, al tener que invitar, regalar o dar.

Hoy en día si silbas eres de pueblo, ya ni te califican de pastor, que sería un justo honor. Hoy son muchos los que no saben silbar, ni saltar, ni correr por las calles. Y eso para mi no es tener educación, eso es simplemente "dar la nota en silencio”.

Ser partidario de este proceder, duele más que una espada clavada en la espalda, porque esta vida, a pesar de ser muy corta, es lo suficiente larga como para salir cada día de casa sobrados, con atrevimiento, con exceso y con superávit. De esta manera ganar la batalla del día a día, y volver noche tras noche con gollería pletórica a tu casa rebosando felicidad, una felicidad que parece ser cada día más cara, pero que en realidad está de oferta, ¿la quieres?

 
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información