El desmadre de los aranceles

Primero fue Donald Trump y ahora, como informan nuestros colegas de 'Crónica Global', es Marine le Pen quien se apunta al carro del populismo retrógado de una época preindustrial. Si, porque, aunque algunos los quieran esconder como impuestos protectores de un país, los aranceles son simplemente la constatación de la inutilidad de adaptación de una sociedad a un mercado global. Curiosamente, los menos informados son sus mayores apóstoles.

Como hemos dicho por activa y por pasiva el s.XXI es el siglo de la información y, por qué no decirlo, de la formación. La diferencia no serán los tangibles, como los coches, o los aranceles, sino los intangibles como la información y, cómo no, las habilidades para gestionarlas. Algunos, con mentes obtusas como Trump y Le Pen, creen que el camino del futuro es encerrarse en una burbuja de nacionalismo rancio obviando que el mundo es cada vez más global.

El libre comercio no es el futuro, sino la realidad del funcionamiento de muchas empresas del mundo. A algunos aún nos toca lidiar con regímenes obtusos que creen que imponiendo barreras como los impuestos a la entrada de productos van a proteger una industria obsoleta. Si fuera por ellos aún iríamos en carruajes, simplemente, porque su poder económico les permite mantener una figura casi feudal. Y es que el tema realmente es simple. Algunos quieren aranceles para conservar sus estructuras arcaicas libres de competencia. 

Curiosamente esas estructuras arcaicas se nutren de personas con menos conocimiento y menos poder adquisitivo. Algo así como los señores feudales de la Edad Media, que abusaban en su entorno y huían de cualquier atisbo de liberalidad. Tristemente Estados Unidos, de la mano de Trump, Reino Unido con su Brexit, y ahora Le Pen en nuestra vecina Francia vuelven a vestir, y por qué no prostituir, la evolución de la economía mundial. Por suerte el mundo es global, y las actitudes feudales deberán desaparecer. El desmadre de los aranceles marca sus últimos capítulos, y como cualquier cambio, los gritos de los radicales parecen tener más fuerza de la que realmente tienen.

 
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