El claroscuro de las vacaciones

Las vacaciones..., estamos pensando en ellas todo el año, deseando que lleguen, contando los días y las horas que aún nos faltan. Y, al fin, llegan.

Generalmente, a lo larguísimo del año laboral, hemos estado visualizándolas y haciendo proyectos. No importa si estos eran sobre algún viaje o bien sobre una estancia en algún sitio conocido o recomendado. Da igual, en nuestra cabeza ya disfrutábamos de lo que fuera.

Por lo general, hacer las maletas genera nervios y alguna discusión. No quieres olvidar nada, algunas cosas no te caben otras te parecen necesarias y otras te hacen dudar. Finalmente, con todo preparado..., te vas.

Los viajes empiezan a ir mal ya en el aeropuerto si has metido en el equipaje de mano algo prohibido. Casi siempre son cosas absolutamente inocuas y a ti te parece que no es lógico que te las quiten, pero están prohibidas. Tienen que ir en el equipaje facturado.

Si pasas todo este tramo de vacaciones y llegas a tu destino pueden pasar dos cosas. O todo sale según lo previsto y empiezas a disfrutar tal cómo lo habías planeado o empiezan los problemas. Pueden haberte cambiado el hotel "frente al mar" por otro con fotos del mar. O bien la comida puede ser horrible, desde tu punto de vista claro, y te dicen que reclames en la agencia al volver. Y otras cosas como pueden ser el mal tiempo, que no es culpa de nadie, las playas atestadas y la imposibilidad de tomarte algo en un bar cuando quieres porque están llenos, sin una sola mesa libre y tienes que esperar haciendo cola.

Todo esto es casi irremediable. Hay destinos turísticos que están repletos y lo normal es que pase algo no programado. Lo que sí es remediable y nadie hace nada es el ruido infernal que producen los locales musicales.

En lugar de ir a un hotel puedes alquilar un apartamento, comprobar que "realmente"  está frente al mar e instalarte pensando en unas vacaciones tranquilas, bañándote, leyendo, escuchando música, paseando... Todo esto podría ser una realidad si no fuera que este tipo de veraneo junto al mar tiene que ser en la costa y, desgraciadamente, ya no queda en España ni un trocito de costa tranquilo.

Los ruidos ambientales se soportan bien. En realidad ni te enteras de la gente hablando, los niños gritando, las risas y los diversos ruidos de la vida cotidiana. El silencio total es inalcanzable pero, cuando llegas el primer día, cenas tranquilamente y te instalas en la terraza a contemplar el mar y a escucharlo y a leer y a empezar a relajarte..., de repente,como si todas las "furias" se desataran a la vez, empiezan a poner en el local más próximo a tu alojamiento una música altísima, terrible que te taladra los oídos. Atónito, buscas el teléfono de los culpables y cuando les pides que lo bajen un poco, por caridad, te contestan lacónicamente que tienen permiso.

Entonces piensas en irte rápidamente pero, ¿adónde? Todo está lleno. Todo es igual. El ruido lo domina todo y por lo visto los clientes que llenan los pueblos de la costa, para divertirse, necesitan los decibelios por las nubes.

Finalmente te aclimatas y piensas "el año que viene a la montaña". Seguro que allí hay tranquilidad y silencio. Pero no es cierto porque en una tranquila casa rural he vivido despedidas de soltero y fiestas de cualquier cosa que han durado todavía más horas que las de la playa.

En fin, que cuando vuelves a casa, haciendo balance de las vacaciones, en general han sido buenas, a ratos magníficas y has desconectado y lo has pasado bien con los amigos y la familia pero el ruidito...

Hay que inventar un impuesto que grave cada decibelio y que vaya subiendo exponencialmente. Sería estupendo. El Estado conseguirá otra fuente de recaudación y seguro que podremos dormir porque cuando se trata de pagar...

 
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información