Del nacionalismo al nazionalismo

Vivimos tiempos revueltos, convulsos y no sólo en Cataluña… Aunque yo los vivo aquí y desde esta perspectiva, por tanto, los percibo.

Nací en Barcelona hace poco más de 40 años, hijo de catalana y andaluz, charnego para los incultos puristas que desconocen que el charnego auténtico era fruto de los amores de catalanes y franceses. Pero es cierto que no tengo ocho apellidos catalanes, que por mis venas corre -- en bella danza -- la sangre de Joan Maragall y la de Federico García Lorca.

Y puede que este hecho biológico me condicione -- o, tal vez, sea mi tendencia natural a tratar de superar las aparentes oposiciones -- pero me incomoda la polarización y radicalización de posiciones que se están dando en los últimos tiempos. De hecho, las he vivido en mis carnes hace menos de un mes: publiqué una nota en Facebook con motivo de los lamentables atentados de las Ramblas y Cambrils. En ella, hablaba de los atentados cometidos en Cataluña… Uno de mis seguidores, con el que comparto muchas cosas y disiento en otras tantas, a través de un comentario me manifestó lo molesto que se sentía porque había hablado de Cataluña cuando él consideraba que era más adecuado referirse a España, o bien Barcelona y Cambrils. Para evitar la politización de un escrito que nada tenía que ver con las cuestiones del nacionalismo, cambié el título explicando por qué lo hacía y aclarando que no me parecía el día para entrar en tales cuestiones. Con los muertos aún calientes sobre la acera, había quien se sentía herido por una cuestión semántica y política. Yo, por mi parte, me sentí asqueado ante lo que llega a provocar la peor de las políticas.

Para que no haya dudas, lo voy a decir claramente: me siento profundamente catalán y profundamente español (aunque también profundamente europeo y, muy especialmente, profundamente humano), considero tan necesario el seny de mi tierra como el duende propio de tierras andaluzas, disfruto con Carner y con Cervantes, con Lluis Llach y con Siempre Así, con los interminables campos de olivos y con el mágico verdor de la fageda d’en Jordà.

Encuentro riqueza y belleza en cuanto me rodea y me cuesta comprender que alguien se ate una bandera como si fuera una venda sobre los ojos, privando a su mirada de advertir la hermosura de lo que siente como ajeno. No es preciso minusvalorar lo de otros para dar mayor valor a lo de uno. Las cosas son valiosas por sí mismas, no por contraste, salvo que uno no viva vuelto hacia la realidad sino contra el otro, dominado por el egoísmo, por la inseguridad o por el miedo.

De lo hasta aquí escrito, alguien podría entender que estoy en contra del nacionalismo catalán y a favor del español.  Pero, releyendo lo anterior con cuidado y sin dejarse llevar por prejuicios, cualquiera se dará cuenta de que no es lo que he dicho.  Ya apunté mi posición ante el fenómeno del separatismo hace años en este artículo de mi blog y mis ideas de fondo no han variado.  Es por esto que tanto entiendo y valoro a quienes quieren defender una unidad lograda tras siglos de historia compartida como a quienes, ante lo que consideran una lamentable falta de proyecto histórico y de comprensión cultural, prefieren enrolarse en la ilusionante aventura de construir un futuro nuevo e independiente.

Lo que no puedo comprender ni justificar en modo alguno es que unos y otros, haciendo un ídolo de su bandera y de su proyecto, falseen la historia, maquinen en las cloacas, mientan a propios y ajenos, insulten a quienes tienen enfrente, enciendan las más bajas pasiones de quienes les siguen, manipulen noticias y promuevan la confrontación. No hay patria, ni bandera, ni ideología, ni fe que justifique un solo atropello contra el más insignificante de los seres humanos. Y, sin embargo, demasiado a menudo tras las banderas se ocultan intereses personales, pulsos de poder, beneficios económicos, complejos y enemistades personales que dan lugar a lo peor de las personas y de las sociedades, a una avalancha de inhumanidad capaz de arremeter con todo. Prácticas injustas e inadmisibles que todavía encienden más los ya de por si calientes ánimos de quienes se encuentran en la otra trinchera.

Porque lo que comienza como una disparidad de sensibilidades, o de puntos de vista, o de culturas, por culpa de esta dinámica infernal termina convertido en una guerra de trincheras, en la que se empieza por el insulto, se continúa con la amenaza y, lamentablemente, la historia nos enseña que suele terminar en fosas comunes cuyos muertos se cubren con la misma bandera que hoy se enarbola.

Unos muertos que no tienen un solo culpable, pues en cierto modo todos somos cómplices de esta forma de hacer, de dejarnos llevar sin atender a las raíces más profundas del problema y de no concebir otra solución que no sea la victoria sobre el “enemigo”.

Ojalá tengamos la sensatez de poner a las personas por encima de las banderas, y que ni la independencia de Cataluña ni la defensa de la unidad de España se vuelva una excusa para atacar, humillar, menospreciar, herir ni excluir al otro. Ojalá los nacionalistas de uno y otro pelaje no lleguen a transformarse en nazionalistas con z de zafio, de zoquete, de zote. Porque cuando uno sueña más en la derrota del otro que en la victoria de un sueño compartido sólo hay un futuro posible: el caos y la eterna confrontación. Y esto no hay nación, cultura, civilización ni humanidad capaz de soportarlo. 

Piensa como quieras, sueña lo que quieras, pero poniendo siempre al ser humano -- a todos los seres humanos -- como lo primero. Desde ahí sí que cabe toda celebración.  Mientras tanto, que ninguno de los bandos me espere en sus concentraciones. Porque, lo sepan o no, los suyos son cantos de guerra, peligrosos himnos nacionalistas que cada vez más suenan a nazionalismo… Sea su letra en catalán o en castellano.

De corazón deseo que seamos capaces de romper el nudo gordiano ante el que nos encontramos, y que no nos toque decir en breve, con lágrimas en los ojos, “no es esto, no es esto”.  Soñar es gratis, pero a veces es el único camino.

 
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