Cuestión de libertades

En la semana en la que nuestro país comienza a partirse en trozos por los terribles atentados de Cambrils y Barcelona, no es menos cierto que tenemos que afrontar nuestro día a día y que nuestras obligaciones no pararán su discurrir a pesar de los tristes acontecimientos.

Dentro del navegar, dentro del intento de estar conectado en las redes, de intentar tener más vías de opinión y comunicación, llegué al muro de Facebook de Alfredo Vela. La frase era rotunda. ‘¿Qué ejemplo dan a su hijo unos padres que protestan por 250 euros en libros de texto y luego se gastan al año 4.000 euros en copas?’

Vaya por delante que esta declaración no tiene nada que ver con el protagonista del muro. Un tipo, persona de carne y hueso, que tiene más de 150.000 seguidores en Twitter, que ha escrito un libro sobre la red social y que merece toda mi admiración y respeto porque tiene para todas las situaciones posibles una infografía preparada para explicar de forma gráfica las realidades cotidianas.

Antes de escribir, he intentado ver las respuesta de su muro. Como siempre, los amigos dando ánimos de forma tibia y sin criterio, los radicales hablando de la supuesta gratuidad de los libros de texto. Otros, mucho más cabales, haciendo cuentas de cuánto son 4.000 euros en copas con todo tipo de situaciones, precios medios y otras idioteces e indignándose porque ellos, muy amigos del etilo, son incapaces de gastarse ese dineral en vicios y por eso la razón les asiste a la hora de quejarse por los precios de los libros.

Pocos, muy pocos hablan del verdadero fondo de esta cuestión, que es la libertad de elección. El gran víacrucis de cada septiembre es el pago de los libros de texto. Un impuesto que cada año se repite ante la atónita mirada de unos padres que han dejado todo su ahorro en las vacaciones estivales. El gran problema de esta cuestión, es que algo que debería ser voluntario se ha convertido en una tasa impositiva en la que la mayoría de los colegios se han embarcado, muchos de ellos en beneficio propio.

Si estas desavenencias se plantearan de otra forma, igual se enfocaba de otra manera, porque, lejos de que uno pueda gastarse 400 o 4.000 euros en lo que le salga de las narices, nadie, e insisto, nadie, ha venido a proponer la solución real. La pongo yo. ¿Pagamos esos 250 euros por cabeza para que, mediante el aumento de sueldo del claustro de cada grupo al que pertenecen nuestros hijos, los materiales los hiciesen los verdaderos responsables de la educación de nuestros vástagos?  Lo que es lo mismo, subirle el sueldo a los profesores y reducirles las horas para que dediquen más tiempo a diseñar e innovar. A ver si hay lo que hay que tener.

Aquí la cosa es protestar por todo y proponer pocas soluciones. Eso si, que nadie negocie con nuestra libertad. Pero cuidado, un cambio desde esta perspectiva también supondría un cambio en el método de financiación de las entidades educativas, pero de eso, ya hablamos otro día.

 
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