Crónicas Trumpistas - Checks and Balances

Hace dos semanas, en el primer episodio de estas crónicas, tratábamos de analizar la peculiar lógica existente detrás de las acciones iniciales de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, una lógica basada en la acción directa y la confrontación, muy en línea con su forma de hacer negocios. Les recomendaba también hojear algunos pasajes de sus libros, porque en ellos explica muchas de las claves de su proceder. Por ejemplo, en “The Art of the Deal”, Trump expresa: “Mi estilo de negociación es bastante simple y directo. Apunto muy alto y luego simplemente presiono y presiono y presiono para conseguir mi objetivo. A veces consigo menos de lo que pretendía, pero en la mayoría de los casos, acabo obteniendo lo que quiero”. Y añade en otro pasaje: “La clave final de mi sistema es la bravata”. ¿Les suena de algo?

Advertimos entonces que tal estrategia negociadora puede no funcionar de igual modo en el campo político, porque los interlocutores no son exactamente empresas competidoras, y porque existen mecanismos formales e informales que protegen el marco institucional ante iniciativas unilaterales. Acción y reacción, algo que Trump ha comprobado muy pronto al ver rechazada su orden ejecutiva del pasado 27 enero sobre inmigración, por la que se prohibía la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de siete países: Irak, Irán, Siria, Yemen, Libia, Sudán y Somalia durante 90 días, además de paralizarse el programa de reasentamiento de refugiados. La orden, destinada a "proteger a la nación de la entrada de terroristas extranjeros a los EEUU", fue implantada con efecto inmediato y de forma harto chapucera, sembrando el caos en las aduanas y generando una confusión global sin precedentes ante las protestas de ciudadanos, empresas, grupos de derechos civiles y gobiernos extranjeros. Al final, acabó siendo suspendida temporalmente el 3 de febrero por James Robart, juez del Distrito Oeste de Washington, suspensión temporal que resultó confirmada por la corte federal de apelaciones el 5 de febrero, esto es, apenas 10 días después de su firma, lo que desató la ira tuitera del presidente, que ha prometido batalla.  Estamos ante un excelente ejemplo de lo que en Estados Unidos se denomina sistema de “checks and balances” (controles y contrapesos), que tiene por objeto asegurar la independencia de los tres poderes públicos: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El propio Juez Robarts, nominado para el puesto en diciembre de 2003 por el presidente republicano George W. Bush, y por tanto nada “sospechoso” de progresismo, explicaba muy bien que el rol de la justicia en este sistema “no es crear políticas o juzgar la sensatez de las iniciativas promovidas por la Casa Blanca o por el Congreso”, sino “asegurar que las acciones de los otros dos poderes se hagan conforme a la ley y, más importante, respetando la Constitución”. Del mismo modo, la acción ejecutiva está sometida al control de las Cámaras: éstas aprueban los nombramientos presidenciales, controlan el presupuesto, pueden promulgar leyes superando el veto presidencial y, en última instancia, expulsar al presidente de la Casa Blanca. En este sentido, la actual mayoría republicana en el Congreso y el Senado tampoco garantiza un camino expedito para Trump. En Estados Unidos, la disciplina de partido está supeditada al deber de los representantes políticos ante sus electores y también ante su propia conciencia. Un presidente que actúe en modo lobo solitario acabará, tarde o temprano, siendo sometido a esta compleja red de contrapesos.

Se trata, además, de un proceso que trasciende la política interna norteamericana. La globalización ha configurado un mundo donde los estados no sólo compiten entre ellos, sino que deben balancear su voluntad soberana frente a instituciones internacionales, medios de comunicación y redes sociales globales, empresas transnacionales, grupos de interés y organizaciones no gubernamentales. Un mundo congestionado, confuso, disputado, hiperconectado y restrictivo. La apelación al proteccionismo; la defensa del bilateralismo frente a al enfoque multilateral; la preferencia por una estrategia de confrontación frente a una de negociación, propios no sólo de Trump sino de todos los populismos emergentes, pretenden ser un regreso nostálgico al papel dominante de las naciones-estado en el teatro de operaciones global, el retorno a un status quo al que ya no volveremos o, si lo hacemos, será por la fuerza y a un terrible precio para todos.

Por consiguiente, ni en su propia casa ni fuera de ella podrá Trump desempeñarse como el elefante en cacharrería que pretende ser. La activación de los numerosos mecanismos internos y externos de ajuste existentes irá necesariamente templando su embestida inicial, aunque ahora mismo pueda parecernos imposible. No será un aprendizaje sencillo ni rápido ni indoloro para unos y otros. Habrá roturas y disfunciones, porque el poder, el carácter y la tenacidad del personaje así lo presagian, pero debe darse tiempo al tiempo, algo que muchos no están dispuestos a conceder, lo que encierra un enorme peligro. Querer anticipar ese proceso por medio de la confusión y las verdades alternativas, forzándolo más allá de plazos temporales y límites legales, haciendo uso de las mismas herramientas que Trump, supone deshonrar una democracia liberal que, pese a todas sus imperfecciones, ha demostrado ser un admirable ejemplo de resiliencia desde los tiempos de sus Padres Fundadores.  Confiemos en ella y confiemos, por qué no, en la capacidad de aprendizaje del nuevo presidente.

Seguiremos atentos.

 
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información