Crónicas Trumpistas: la delgada línea roja

Bandera nazi en Charlottesville Estados Unidos

Bandera nazi en Charlottesville Estados Unidos

​Hace exactamente 71 días que escribí la última de mis Crónicas y 108 días desde que Trump cumplió sus primeros 100 días de mandato. He mantenido desde entonces un silencio expectante, tanto por motivos profesionales como por la necesidad imperiosa de distanciarme y contemplar la evolución de los acontecimientos durante un período de tiempo algo más extenso. Dejarse llevar por el continuo bombardeo de noticias propiciadas directa o indirectamente por este personaje no ayuda a conformar un análisis mesurado. No obstante, el paso de los días me ha convencido de que en este caso no caben la mesura ni la razón analítica. Y es que Trump constituye el peor enemigo de su propia presidencia. No recuerdo en la historia de este gran país un presidente menos presidencial. Él mismo ha convertido en caricatura su presunto carácter de outsider y fustigador del establishment con un proceder caótico, furibundo, desmembrado e impropio de un líder. Podríamos esperar tal espectáculo de un telepredicador, de un presentador de reality shows o de un vendedor nocturno de teletienda, pero no del Presidente de los Estados Unidos.

Cierto es que desde el minuto cero, Trump ha tenido de frente a casi toda la prensa y a una beligerante izquierda que se ha negado feroz y nada deportivamente a aceptar su justa derrota en las elecciones. Cierto es también que parte de esa oposición se ha sustentado en un inaceptable juego sucio. Ello le ha obligado a estar siempre a la defensiva, exacerbando su ya de por sí desmedido carácter, que ni asesores ni portavoces ni jefes de gabinete han conseguido templar. A cada declaración centrada y a la altura de su cargo le han seguido tres o cuatro exabruptos al más puro estilo Donaldo, acompañados de sus respectivos tuits, incansable muestrario de invectivas, estados de ánimo y actitudes digno de cualquiera de las tuitstars que medra en las redes sociales. Pese a todo, durante este tiempo se ha mantenido en una posición bastante cómoda: la polémica es su hábitat natural.

No obstante, y en opinión de numerosos observadores críticos con el mainstream antitrumpista (entre los que me hallo), Trump parece haber cruzado la delgada línea roja de lo aceptable con su comportamiento público durante los desgraciados acontecimientos de Charlottesville, por culpa de sus declaraciones, contradeclaraciones y correcciones adicionales a estas últimas. Todo, por tratar de no descalificar rápida, directa y abiertamente una manifestación de supremacistas blancos con tintes nazis (autorizada, recordemos, por mor de la Primera Enmienda) sin condenar también, de manera equidistante, a los manifestantes antifascistas que se opusieron a los primeros, algunos con violencia. Recordemos que los altercados, además de ofrecer imágenes desoladoras del país, acabaron con una mujer asesinada, heridos e importantes destrozos.

La manifestación en contra de la marcha de la 'supremacía blanca' / EFE

Como comentaba uno de mis seguidores en Twitter, ante toda la barbarie televisada, ¿son estas las ruedas de prensa que quiere dar un presidente? ¿Dónde está la altura de miras, dónde la conciliación, dónde los mensajes cristalinos a unos (del tipo “el nazismo es inaceptable en mi país”) y a todos en general (“no aceptaré la violencia entre compatriotas, venga de donde venga”)? Lo único que hemos visto es el habitual juego de culpabilidades, bajuno, faltón y atizador de nuevas discordias, tanto entre ciudadanos como entre su propio equipo de trabajo. Con tal coyuntura, no resulta extraño que decenas de personalidades relevantes de su círculo más cercano hayan ya dimitido, renunciado o hayan sido despedidas entre airadas polémicas. La Casa Blanca ha parecido por momentos un episodio chusco de House of Cards. ¿De esto se trataba el “Make America Great Again”?

Lo peor de todo es que la confusión actual está ocultando un hecho más preocupante: la palmaria ineficacia de una administración que, salvo algunos logros puntuales (comentados en Crónicas anteriores) no ha conseguido avanzar significativamente en NINGUNA de las áreas que analizábamos a los 100 días de su comienzo. La política exterior ha alternado aciertos con tensiones y momentos surrealistas (como la filtración de las llamadas presidenciales). En el ámbito doméstico, algunas victorias tácticas en cuestiones menores no han podido esconder que las principales promesas de campaña siguen en capilla o literalmente estancadas. En gran medida, el dinamismo que presenta la economía estadounidense no obedece a méritos presidenciales, sino a una coyuntura favorable y a una inercia positiva, no estropeada por intervención alguna. No ha habido rebajas de impuestos, no se han puesto en marcha medidas proteccionistas, la salida del Acuerdo de París se traduce por ahora sólo en ruido mediático y el NAFTA empieza a renegociarse con más incertidumbres que certezas. Por otra parte, y por deméritos exclusivamente suyos, Trump está perdiendo aceleradamente el apoyo de importantes CEOS en sus flamantes Manufacturing Council y Strategy and Policy Forum, y hace apenas una horas acaba de iniciar una campaña en Twitter contra Amazon, que atufa a intervencionismo populista. No son buenos indicadores para una economía que, ante todo, necesita certidumbre.

En definitiva, no son estos los pilares que cabría esperar de un presidente al que más de 60 millones de estadounidenses otorgaron su confianza para dinamizar el país y restaurar su orgullo, renovar un sistema político anquilosado y dar satisfacción a una sociedad más dividida y desigual tras el sobrevalorado mandato de su predecesor, al que está elevando a los altares por mero contraste. De no mediar un cambio de rumbo, el hombre decidido y resolutivo, hacedor y forjador de pactos, que se presentó a las elecciones como un “soplo de aire fresco para la rancia política de Washington”, va camino de resultar un inoperante showman, eso sí, poderoso y dotado de maletín nuclear. Si Orson Welles levantara la cabeza, seguro que tendría algo que decir.